21/12/10

¿Son tímidos los escritores dominicanos?

EL DIRECTOR EJECUTIVO DE LA FUNDACIÓN CORRIPIO DICE QUE HAY UN EXCESO DE PUDOR EN LOS ESCRITORES LOCALES QUE NO LES AYUDA A PROMOCIONAR SUS OBRAS

Y.López
Santo Domingo
Los escritores locales no ayudan mucho en la difusión de sus obras. Son tímidos, hay un exceso de pudor que les impide promover sus creaciones. A duras penas se consigue que participen en uno que otro programa televisivo o radial.
Lo dice el escritor, músico, historiador y ensayista Jacinto Gimbernard Pellerano, director ejecutivo de la Fundación Corripio, institución que ha editado parte de las más valoradas colecciones de libros escritos por dominicanos.
Gimbernard destaca que eso no ocurre fuera del país, donde se ve que los ganadores de premios internacionales viajan muchísimo para promover sus obras, aunque admite que existe una maquinaria detrás de la promoción que incluye a los autores y que es determinante en la venta de los libros.
"Yo creo que hay tal vez un exceso de pudor en los autores dominicanos que les impide promover sus obras, ir a la televisión, a la radio, hacer charlas acerca de sus libros. No quieren hablar de ello, dicen que otros deben decirlo, no ellos mismos. Yo mismo no me escapo de eso, no me gusta hablar de mis libros”, explica Gimbernard.

Algunos podrían considerar que se trata de soberbia y no de timidez, más si se toma en cuenta lo difícil que resulta para los comunicadores sociales (sólo por colocar un ejemplo conocido) convencer a los autores e intelectuales locales más reconocidos para que participen o colaboren en debates que serán publicados en la prensa. Muchos de ellos, de hecho, son considerados prepotentes e inaccesibles.“No. Estoy seguro que no”, responde Gimbernard. “Es exactamente lo contrario. He tratado a algunos de los escritores importantes de aquí y les resulta difícil hacer sus cosas, explicar su obra. Dicen ya escribí el libro, lo terminé y lo entregué a la editora, ellos sabrán (las editoras) cuándo lo publicarán y qué hacer con eso. No es por orgullo, como escritor simplemente hago lo que puedo con mi creación, encima no me voy a poner a decir que soy una maravilla, que ese libro es muy bueno”.
En ese aspecto, señala Gimbernard, hacen falta suplementos literarios que, como Isla Abierta, daban a conocer y explicaban las creaciones de los escritores criollos.

Y sigue: “José Alcántara Almánzar, por ejemplo, tiene una postura muy humilde. Yo recuerdo que Pedro Mir, en una ocasión que estábamos juntos en Marbella, me contaba de que cuando él terminaba una obra era un pedazo de su alma que estaba entregando y que cómo él iba a decir que su alma era buena, o que su alma era valiosa. Eso es lo que pasaba. Yo creo que hay un exceso de pudor en eso. Yo no critico a quienes se van de boca, que los hay, pero en nuestro caso sucede que parece que hay mucha timidez en la promoción y eso a nosotros nos cuesta trabajo, porque los autores de los libros que publicamos no quieren involucrarse en una promoción, apenas uno consigue que vayan allí y que digan algo, y lo hacen con timidez”.

Mejor mecanismo de distribución
Aunque los libros que edita la Fundación Corripio se colocan en las librerías locales, Jacinto Gimbernard dice que no existe un mecanismo efectivo que permita la difusión y distribución en el país y en el extranjero.
“Nos hace falta un mecanismo de mercadeo para seguir publicando libros porque hay una inversión enorme en volúmenes. Nosotros no sólo imprimimos los libros, también les pagamos a los autores, el proceso es costoso, y por eso estamos dándoles vueltas a la cabeza, para encontrar un mecanismo para difundir y mercadear los libros aquí y afuera”.
En su experiencia como embajador y miembro del cuerpo diplomático dominicano en Europa, Gimbernard considera que las embajadas dominicanas tampoco tienen un mecanismo efectivo para distribuir el material que se les manda. Asegura que en ocasiones han encontrado en los locales consulares las cajas de libros sin abrir.
“Necesitamos hacer contacto comercial. Tenemos aquí autores muy valiosos y es una pena que no se conozcan fuera. He oído esa queja, visitando algunos países me han dicho que no tenían idea de que tal escritor es dominicano pero es que debe haber un mecanismo de promoción”.

16/12/10

Alexéi y Alianza Cibaeña


Un merecido Monumento al Ego para Alexéi Tellerías, compañero de esclavitud carrerística, bloguero, fundador de Noche Lunática, activista social y poeta con patria, por su primer lugar en la categoría cuentos del concurso literario de la Alianza Cibaeña. El libro de cuentos ganador se titula Los peces del subsuelo. Esperamos (puya para la Alianza) leerlo pronto. Jurado: Luis Martín Gómez, Manuel Llibre Otero y Rosa Julia Vargas.

11/12/10

Cuento de horror (Marco Denevi, argentino)

La señora Smithson, de Londres (estas historias siempre ocurren entre ingleses), resolvió matar a su marido, no por nada sino porque estaba harta de él después de cincuenta años de matrimonio. Se lo dijo:
-Thaddeus, voy a matarte.
-Bromeas, Euphemia -se rió el infeliz.
-¿Cuándo he bromeado yo?
-Nunca, es verdad.
-¿Por qué habría de bromear ahora y justamente en un asunto tan serio?
-¿Y cómo me matarás? -siguió riendo Thaddeus Smithson.
-Todavía no lo sé. Quizá poniéndote todos los días una pequeña dosis de arsénico en la comida. Quizás aflojando una pieza en el motor del automóvil. O te haré rodar por la escalera, aprovecharé cuando estés dormido para aplastarte el cráneo con un candelabro de plata, conectaré a la bañera un cable de electricidad. Ya veremos.
El señor Smithson comprendió que su mujer no bromeaba. Perdió el sueño y el apetito. Enfermó del corazón, del sistema nervioso y de la cabeza. Seis meses después falleció. Euphemia Smithson, que era una mujer piadosa, le agradeció a Dios haberla librado de ser una asesina.

7/12/10

"Las palabras son piezas de Lego"

Las últimas líneas de una de las primeras entradas (Marías) del "desaparecido" y siempre recordado Detective Amaestrado:
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¿Han pensado alguna vez que, ubicando en un orden determinado las palabras que están contenidas en el Diccionario de la Real Academia, se pueden escribir todos los libros? También, claro está, sentencias judiciales, notas de abandono, mails rezumantes de amor, tasaciones de viviendas, incluso entradas absurdas en cualquier blog.
Las palabras son piezas de Lego. Ensámblalas como las sientas.

6/12/10

4/12/10

Por amor...

"A veces, perder el equilibrio por amor forma parte de una vida equilibrada".
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Ketut a Liz en Come, reza, ama (la película)

29/11/10

Dónde estará...

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"Yo no quiero poseer nada hasta que encuentre un lugar en donde yo esté en mi lugar y las cosas estén en el suyo. Todavía no estoy segura de dónde está ese lugar. Pero sé qué aspecto tiene."
(Truman Capote, Desayuno en Tiffany´s, 1950)

23/11/10

Cuidado con lo que desees...

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Verás. Fui yo quien quise eternizar el momento. Frizarlo. Quedarme así, mirándote, mientras vida tuviera. Aprenderme tus facciones, grabarlas todas no en la mente, sino en la mirada. Para mirarte eternamente. Te juro que no deseaba nada más en esta vida. Pero el doctor no entiende. El jura que estoy ciega, que mis ojos no registran acción, color, movimiento... Que lo que me pasa es raro, eso sí, porque él nunca había escuchado que un recuerdo pudiera trasladarse hasta los ojos y quedarse allí, clavado, fijo, en la retina…

17/11/10

Te adoro, Hesse

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Leyendo los cuentos de Hermann Hesse me da, a veces, la terrible sensación de que estoy viendo una de esas comedias de los 80 y 90 que daban en El Show del Mediodía. Había algo en los finales de esas comedias que no cuajaba. Nos pasábamos 20 y 30 minutos disfrutando de la trama, riéndonos de las locuras de los comediantes, todos de primera, pero el final… el final nunca era tan bueno como el desarrollo de la comedia. Terminaban sin ton ni son, sin la picardía del comienzo. Al finalizar nos mirábamos todos como quien dice: ¿Y entonces?
«Comienzan bien pero terminan sin gracia», decía mami.
Hesse es, por mucho, uno de los más grandes cuentistas, un genial describidor de la nada cotidiana, de los miedos humanos, de las frustraciones más tontas. Una le toma pena o cariño a sus personajes, absorbe con gusto los olores de los paisajes, de las estaciones; y pasea llena de confianza los rincones de las casas, las calles y los negocios que pueblan sus cuentos. Pero los finales, no sé..., llegan de la misma forma que los finales de las comedias del Show del Mediodía. Así tan obvios…

15/11/10

Un cuento sin "e"

Un marido sin vocación, de Enrique Jardiel Poncela, escritor y dramaturgo español (1901 – 1952).

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Un otoño —muchos años atrás— cuando más olían las rosas y mayor sombra daban las acacias, un microbio muy conocido atacó, rudo y voraz, a Ramón Camomila: la furia matrimonial.
—¡Hay un matrimonio próximo, pollos! —advirtió como saludo a su amigo Manolo Romagoso cuando subían juntos al Casino y toparon con los camaradas más íntimos.
—¿Un matrimonio?
—Un matrimonio, sí —corroboró Ramón.
—¿Tuyo?
—Mío.
—¿Con una muchacha?
—¡Claro! ¿Iba a anunciar mi boda con un cazador furtivo?
—¿Y cuándo ocurrirá la cosa?
—Lo ignoro.
—¿Cómo?
—No conozco aún a la novia. Ahora voy a buscarla…
Y Ramón Camomila salió como una bala a buscar novia por la ciudad.
◊ ◊ ◊

A las dos horas conoció a Silvia, una chica algo rubia, algo baja, algo gorda, algo sosa, algo rica y algo idiota; hija única y suscriptora contumaz a La moda y la Casa (publicación para muchachas sin novio).
Y al año, todos los amigos fuimos a la boda. ¡La boda! ¡Bah!… Una boda como todas las bodas: galas blancas, azahar por todos lados, alfombras, música sacra, bimbas, sonrisas, codazos, almohadón para hincar las rodillas los novios y para hincar las rodillas los padrinos; lunch, sandwichs duros como un fiscal…
Al onzavo sandwich hubo una fuga súbita por la sacristía y un auto pasó raudo, y unos gritos brotaron:
—¡Adiós! ¡Adiós! ¡Vivan los novios! ¡Vivaaan!
Y los amigos cogimos otro sandwich —dozavo— y otra copita.
Y allí acabó la cosa.
◊ ◊ ◊

Mas, para Ramón Camomila, la cosa no había acabado allí…
Al contrario: allí daba principio.
Y al subir con su novia al auto fugitivo, vio claro, vio clarísimo: ni amaba a Silvia, ni notaba inclinación ninguna al matrimonio, ni sintió su alma con la vocación más mínima por construir un hogar dichoso.
—¡Soy un idiota! —murmuró Ramón—. No valgo para marido, y lo noto cuando ya soy ciudadano casado…
Y corroboró rabioso:
—¡Soy un idiota!
Silvia, arrinconada junto a Ramón, bajaba los ojos con rubor, y al bajar los ojos subía dos mil grados la rabia masculina.
—¡Dios mío! —gruñía Ramón mirándola—. ¡Casado! ¡Casado con una niña insulsa como unas natillas!… No hay ya salvación para mí…, ¡no la hay!
Incapaz para dominar su irritación, dirigió unas palabras durísimas a Silvia.
—¡Prohibido fingir rubor y mirar a la alfombra! —gritó.
Y Ramón añadió para su sayo, alumbrado por una brusca solución:
—Voy a lograr su odio. Voy a obligarla a suplicar un divorcio rápido. Poco valgo si no logro inspirarla asco con cuatro o cinco burradas a cual más disparatada…
Y tal solución tranquilizó mucho a su alma.
◊ ◊ ◊

Por lo pronto, al subir a la fotografía (visita clásica tras una boda), Ramón hizo la burrada inicial.
Un fotógrafo modoso y finísimo abordó a Ramón y a Silvia.
—Grupo nupcial, ¿no? —indagó.
—Sí —dijo Ramón.
Y añadió:
—Con una variación.
—¿Cuál?
—La sustitución más original vista hasta ahora… Novio por fotógrafo. Hoy hago yo la foto… ¡Viva la originalidad!
Y Ramón aproximó la máquina y advirtió al asombrado fotógrafo:
—¡Vamos! Coja por la mano a la novia y sonría con ilusión: La cara más alta… ¡Cuidado! ¡Así!… ¡Ya!
Ramón tiró la placa, y a continuación obligó al pago al fotógrafo; guardó los duros y salió con Silvia orondo y dichoso.
—¡Al auto! —mandó.
(Silvia ahora iba llorando)
—¡La cosa marcha! —susurró Ramón.
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Al otro día trasladaban sus organismos a Irún. (Lo clásico, asimismo, tras una boda.)
Ramón no quiso subir al vagón con Silvia.
—Yo viajo con los maquinistas —anunció—. Voy a la locomotora… ¡Hasta la vista!
Y subió a la locomotora, y ocupó su actividad ayudando a partir carbón. Al arribar a Irún había adquirido un magnífico color antracita.
◊ ◊ ◊

Ya allí, compró sus harapos a un sordomudo andrajoso, vistió los harapos y marchó a la fonda a buscar a Silvia.
Y tocado con las ropas andrajosas anduvo por Irún, acompañando a Silvia y cogido a su brazo mórbido y distinguido.
Nutrido público los miraba al pasar, asombrado.
Silvia sufría cada día más.
—¡La cosa marcha! ¡La cosa marcha! —murmuraba todavía Ramón. Pronto rogará Silvia un divorcio total. Sigamos las burradas. Sigamos con la droga antimatrimonial, multiplicando la dosis.
◊ ◊ ◊

Ramón vistió a continuación sus fracs más maravillosos, y al pisar un salón, un dancing u otro lugar público acompañado por Silvia, imitaba a los criados, y con un paño al brazo acudía solícito a todas las llamadas.
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Una mañana pintó sus párpados con barniz rojo.

◊ ◊ ◊

Por fin lo trasladaron al manicomio.
Y Ramón asistió a su propia dicha: su contrato matrimonial yacía roto y vivía imposibilitado para otra boda con otra Silvia…

24/10/10

Yo te conozco, sé lo que piensas (1)

Y por eso sé que ahora te levantarás de la silla que hace tres horas te mantiene pegado frente al ordenador. Caminarás despacio hasta la cocina, abrirás la nevera, tomarás una fruta… No. Cierras la nevera. Mejor algo caliente. Un café. Eso. Te preparas un café fuerte. Bien fuerte para aguantar otras cinco horas de trabajo. Te asomas a la ventana, la abres. Dejas que una ráfaga de viento suave, pre navideño, te acaricie el pelo, la nariz, la boca. Respiras hondo. Sorbes el café y con él la vida. Llenas los pulmones de aire fresco. Cierras la ventana. Te sientas otra vez. Miras la pantalla. Te agitas. No encuentras cómo terminar el cuento que hace tres semanas te exige un final. El que sea. Pero ya. Lees las 500 líneas otra vez. Y otra. Y otra. No, no te sale. Lo dejas así. Colocas el punto final. Si alguien te reclama por qué así, por qué de ese modo, le dirás que simplemente no encontraste a tiempo un personaje que le comunicara a la difunta que tenía en sus manos las pruebas de que él sí la amaba…

14/10/10

La existencia no admite representantes

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Porque nadie puede saber por ti. Nadie puede crecer por ti. Nadie puede buscar por ti. Nadie puede hacer por ti lo que tú mismo debes hacer. La existencia no admite representantes.

Jorge Bucay

30/9/10

Jean Girigori: “Cambio mis obras por una prótesis”

LA RECONOCIDA PINTORA DOMINICO-CURAZOLEÑA PERDIÓ UNA PIERNA. PIDE AYUDA PARA CONTINUAR SU LABOR SOCIAL

Yaniris López
La obra de Jean Girigori no necesita traducciones ni lecturas, ni siquiera sus cuadros abstractos. Su origen afroantillano y sus luchas sociales se notan en la transparencia dulce y limpia de sus pinturas, en los rostros tristes de sus morenas, en el perfil diario de los barrios, en los ademanes inocentes de sus niñas y en la mezcla de colores vivos que dejan claro el orgullo con que muestra sus raíces.
De madre dominicana y padre curazoleño, navegante, Jean nació hace 62 años en una barca en las aguas del mar Caribe. Estudió arte en Haití y en Nueva York e inició en Curazao su fila de exposiciones. Su peculiar modo de ver el mundo suyo y el ajeno, una vez regado por Europa, Estados Unidos y América Latina, le han merecido el mote de la pintora del arco mágico del Caribe.
Revolucionaria desde que era una cría (recuerda con buen humor sus correrías durante la Guerra de Abril), dice que cargó en hombros a Juan Bosch y a Peña Gómez cuando recorrían los barrios pobres de la capital. Porque fue abusada cuando tenía cuatro años, y porque nació en un hogar pobre pero con un sentido de la moral muy alto, Jean ha dedicado su vida y arte a defender los derechos de la mujer, los niños y los pobres.
Por eso no concibe que una desgracia, como la ocurrida hace un año y ocho meses, la postre para siempre en una silla de ruedas y le imposibilite continuar con su labor social.
Llega la tristeza
Ocurrió hace casi dos años, mientras se operaba de una hernia discal en Caracas, Venezuela. Siete días después de la intervención, una de sus piernas se infectó con una bacteria y debió ser cortada.
Jean también perdió un dedo de su mano derecha: “La mano que utilizo para tocar mi guitarra y cantarle a la vida”.
En su estado de convalecencia en este hospital, fue secuestrada durante dos horas por tres hombres que buscaban dinero.
“Eso fue un purgatorio, me querían meter la pistola en la herida abierta”, recuerda la artista. Ahora Jean necesita de su público, de su gente.
“Cambio mis obras de arte por una prótesis”, dice. “Cargo una pena y me siento inútil, no me puedo mover, secuestrada en mi propia casa. Estoy radicada en Jarabacoa porque no me puedo mover. Quiero estar en los barrios, en los campos, ayudando. Quiero demostrar que aun faltándome una pierna sigo con la misma energía y los mismos deseos de ayudar”.
Jean les solicita a los que quieran ayudarla que adquieran sus cuadros para, de esta forma, comprar la prótesis que la devolverá la vida activa que tanto añora. Sus cuadros se exhiben hasta el 24 de octubre en la Galería Nacional de Bellas Artes, avenida Máximo Gómez. Podrán contactar a Jean en los teléfonos 809.574.6480 y 809. 454.6931 o escribirle a jeangirigori@hotmail.com

Los colores vivos de la solidaridad
Maestra de las mezclas vivas, Jean Girigori se da el lujo de pintar con colores oscuros la primavera, cobijar con pescado las cabezas más lindas y eternizar la boda de un chulo.
Su arte no es fortuito, suele repetir. Está lleno de experiencias amargas y dolorosas, pero también de recuerdos muy gratos que la llenan de nostalgia, una nostalgia que deja marcada en los ojos de sus doncellas y en los vestidos domingueros, de tul de colores, con que suele engalanar a las niñas.
El tul me recuerda esos tiempos rosados. Vengo de un hogar pobre, humilde, de negros, pero con el poder moral y la solidaridad bien altos”, expresa Jean.
La artista heredó de sus padres el gusto por la libertad y la justicia. Cree en el esfuerzo personal, en la unión familiar y en la de los pueblos para redimir la pobreza y el subdesarrollo.
“Heredamos la pobreza como un cáncer, igual que se hereda la envidia. Y no saldremos de la pobreza si no nos ilustramos, si no somos solidarios. Vivimos en un campo de batalla por las ideas. El hombre alberga en su corazón el cáncer del espíritu, tenemos que retomar el poder moral”.
Movimiento cultural
Jean asegura que vive en un campo de batalla por los derechos de los niños y la mujer. Lo hace desde Masa Femenina, un movimiento social y cultural creado desde el arte y dirigido a reivindicarles un espacio en la sociedad.
“Quiero que aprendan a leer, a escribir y a reclamar sus derechos. Creo en la solidaridad. Estoy contra de la inmoralidad social. Al artista lo han marginado siempre, pero esto es una manera de vivir y de manejar la justicia a través de las artes”.
Jean ha llevado el mensaje de Masa Femenina a todos los sitios que ha pisado y a los que ya no puede llegar.
Llama a sus chicas trabajadoras de la cultura que aspiran a trasformar las comunidades con sus propias habilidades y compromisos sociales. Les transmite mensajes básicos que insuflan sus corazones de esperanza y ganas de ser mejores.
“Si no motivamos al hombre a que viva de su inteligencia, aun sea pobre, vamos a seguir teniendo esos problemas en los barrios. Los problemas de los barrios no se van a resolver con el discurso trasnochado de un político. Se van a resolver reeducando a su gente, que es un derecho humano”.
Para Jean, los políticos no podrán resolver los problemas sociales pues no es un asunto sólo de ellos.
“Todo el país tiene que dedicarse a resolver los problemas sociales, a desarrollar la habilidad de los hombres de la ciudad y que el campesino se quede en los campos, cultivando”.

Magia espiritual
”Jean sonríe porque le llaman la pintora del arte mágico del Caribe y no puede hacer magia con su dolencia. Pese a ello, no ha perdido su sentido del humor. “Me queda la magia espiritual”, sonríe.
“Por esa magia quiero seguir viviendo, hablarle al corazón de la gente del barrio para transformarlo. Porque se necesita elevar la conciencia moral de todo el pueblo”.
Con dolor admite que su familia no cree en el poder de su arte como negación de la pobreza. Le echan en cara, precisamente, que hable tanto de pobreza. Por eso se siente sola, en un purgatorio. Pero que descuide Jean, que muchos estarán encantados de unirse a sus filas. Porque además de la magia espiritual le queda también la de sus manos, la de su trabajo y la de su encantadora personalidad.

26/9/10

Hernán Rivera Letelier: “Amueblé mi casa con premios de poesía”

"Mi cristo va a ser un cristo humano, se va a reír incluso de sí mismo, va a tener contradicciones”

Yaniris López
Santo Domingo

Que disculpe el atrevimiento Hernán Rivera Letelier, pero la historia de su vida en las salitreras del desierto de Atacama, al norte de Chile, y sus odiseas literarias, resultan más interesantes que la mismísima historia del Cristo de Elqui, el personaje principal de “El arte de la resurrección”, la novela que le mereciera el Premio Alfaguara de Novela 2010. Sin embargo, ‘cristo’ y autor tienen tanto en común que, al hablar uno, el otro asoma.
Las relaciones comienzan en la primera página, cuando el autor insinúa que una plaza salitrera del desierto de Atacama es el lugar menos aparente para un milagro, como los muchos que intentara realizar, sin éxito, Domingo Zárate Vega. Y comienza el alud de preguntas con sus respuestas.
“Porque es el desierto más inhóspito del planeta, el más duro. Allí hay partes donde no ha llovido hace 600 años, y donde están las minas de salitre, donde trabajé durante 30 años y viví 45, es la parte más cruel, la más dura. Allí no crece ni la mala yerba. No se ve ningún insecto, ni siquiera moscas”, responde Hernán, como prefiere que lo llamen.
En lo que sí es rico el desierto es en silencio, dice, un silencio puro que no se quita con nada. “¿Has oído alguna vez el silbido de un cable eléctrico de alta tensión? Bueno, es un silencio tan fuerte que zumba y lo sientes”.
Siendo un niño extraño, silencioso, que prefería oír más que hablar, se iba solo a escuchar “esos silencios, a conversar conmigo, a estar conmigo y a sentir la soledad. Me encantaba irme solo a los cerros y pisar esa parte donde yo me imaginaba que ningún otro ser humano había pisado. Me imaginaba en un planeta abandonado, en un planeta recién cocinándose, recién creándose”.

Ese silencio lo persigue y él lo adora. Nació en Talca, al sur de Chile, en 1950, pero como sus padres trabajaban en las salitreras del desierto de Atacama, allí se crió y vivió, en casitas de latas y palos y piso de tierra, haciendo las necesidades a ras de pampa y escuchando las historias del Cristo de Elqui, un señor que se creía la reencarnación de Jesucristo.
Trabajó desde niño. Vendió diarios en el puerto de Antofagasta desde los 11, a los 15 entró a las salitreras y a los 18 le ocurrió algo que, 42 años después, es el motivo de que esté aquí, en el piso 14 de un hotel de Santo Domingo, ofreciendo entrevistas a los medios. Lo hace -lo de las entrevistas- porque no tiene más remedio y no quiere parecer soberbio, pero como “necesito todos los días una dosis de silencio y de soledad”, lo único que le pidió a la casa editora es que le permitieran dos o tres horitas de paz, sobre todo después del almuerzo, para encerrarse a escribir, a leer o pensar. Para escuchar sus silencios.

El primer premio

¿Qué ocurrió en 1968? “En ese tiempo no había tele y las noticias las veíamos en el cine antes de la película, y un día dan la noticia de que en el mundo se estaba produciendo una revolución juvenil increíble, el movimiento hippie, la revolución de las flores; se veían escenas de jóvenes abandonando hogares, escuelas, con una mochila al hombro, una guitarra, fumando como locos, haciendo el amor libres en las calles, en los parques, y yo me lo estaba perdiendo. Me dije: eso no puede ser. Puse la renuncia en la empresa, me fabrico una mochila de lona y me fui a hacer la revolución, y en estas andazas de cuatro y cinco años empiezo a escribir”.
El empujón fue un concurso de poesía patrocinado por una emisora radial. El premio, una cena. Hernán lo ganó. Del poema solo recuerda que era de amor porque estaba inspirado en una morena que dejó en el desierto.
Y asegura que hasta ese momento no había escrito nada, excepto una composición dedicada a las fiestas patrias cuando tenía 10 años. Redactarla le tomó entre cinco y diez minutos, mientras el profesor revisaba las demás, porque había olvidado hacerla por jugar a las pelotas. La composición fue la mejor del curso, la mejor de la escuela, “y tuve que leerla en el acto”.

En septiembre de 1973 (año del golpe de Estado en Chile) se acabaron las andazas y Hernán regresó a trabajar a las minas. Pero ya no pudo dejar de escribir y en los siguientes 15 años ganó 26 premios de poesía. “Yo amueblaba mi casa con premios de poesía”, recuerda, “lo que se ganaba en las minas era una porquería”.
Siguió escribiendo de incógnito y enviando a concursos, hasta que su primera novela, “La reina Isabel cantaba rancheras”, fue premiada por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura en 1994. “Eso me puso la vida patas arriba. Antes de “La reina Isabel cantaba rancheras” me autofinancié un librito de poesía y un librito de cuentos, los vendía por las calles, y cuando premian el libro se me acercan cinco editoriales que quieren publicar la novela”.
Con el éxito tocando a su puerta, Hernán abandonó las minas en 1995, pero se quedó en el desierto. Se instaló (hasta hoy) cerquita, en el puerto de Antofagasta.
Sabía, de pequeño, por intuición, que aquello de las salitreras no era lo suyo, que lo suyo estaba relacionado con el arte.

Y llegó el Alfaguara

Hernán confiesa que envió a concurso “El arte de la resurrección” porque sintió que era su novela, que flotaba, casi levitaba escribiéndola, y que el tono, el lenguaje, la historia le decían que merecía cualquier premio.
Como aquel primer poema, como aquella primera novela, atinó. En esta obra, el lector disfrutará al conocer a un Cristo que es lo menos parecido a un santo. El humor, la ironía y los absurdos lo salpican.
“Leí los evangelios desde niño y no sé cuántas veces, y me sentía en falta: en ningún versículo bíblico vi que Cristo riera, o sonriera siquiera. Me dije no, mi cristo va a ser un cristo humano, se va a reír incluso de sí mismo, va a tener contradicciones, va a tener errores, incluso va a fallar en sus milagros”.
Del ‘cristo’ real, del personaje que existió y arengó en los años 30 y 40 en el mismo desierto, se sabe poco.
“Me inspiré en él para crear mi propio personaje, pero tuve que echar mano a la imaginación, a la ficción y a la memoria. Este ‘cristo’ tiene mucho de mi viejo, que era un predicador de la calle, y tiene mucho de mí también. Muchos de sus pensamientos, por ejemplo eso de que mucho más importante que el ‘dios’ es la fe, son míos”, explica el autor.

Una última página no prevista por el autor

El Cristo del Elqui llega hasta la oficina salitrera de Providencia en busca de Magalena, una prostituta devota de la virgen del Carmen a la que desea convertir en su amante y discípula. Si Magalena (sin d) acepta o no la invitación del Cristo del Elqui que lo descubra el lector, pero le adelantamos que el final de la historia no estaba previsto, de modo alguno, por el autor.
Todo por culpa de una gallina muerta. “La novela empieza con una resurrección falsa y termina con una resurrección que no se sabe si es falsa o verdadera y de la que hasta el mismo Cristo del Elqui duda”, explica Hernán. De eso, de contradicciones, de cosas y paisajes que parecen una cosa y resultan ser otras está lleno El arte de la resurrección.
Como le insinuamos que su historia personal es más interesante que la del libro y que a lo mejor merezca ser contada, Hernán respondió: “Ya lo estoy haciendo, porque en cada una de mis novelas hay parte de mi biografía. Muchos de los pensamientos del Cristo del Elqui son míos. Mucho de lo que yo creo de la fe, de la religión, de la vida, se lo puse a él”.

6/5/10

Andrés Neuman sobre la vida y los viajes

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La vida es un viaje hacia la muerte. Si lo importante fuera la llegada sería mejor pegarse un tiro. Vivir es esperar la muerte y si la vida es espera y no queremos llegar al destino, todavía me pregunto por qué viajamos con la desesperación de llegar.

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Fragmento de la entrevista
realizada por Manuel de la Fuente
para ABC.es

26/4/10

"Yo leí este libro" recorrió avenidas de la capital

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El grupo distribuyó 24 obras literarias por la Lincoln, Churchill y Roberto Pastoriza 
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La Sombra del Viento, de Carlos Ruiz Zafón, inauguró la primera jornada de “Yo leí este libro República Dominicana”, el pasado fin de semana.
La obra fue dejada al pie de las escaleras automáticas de la Plaza Bolera, con la esperanza de que un ciudadano la encuentre, la lea y deje por otro sendero para continuar la cadena de lectura. A las cuatro y media del sábado se emprendió el recorrido por las avenidas Abraham Lincoln, Roberto Pastoriza, Winston Churchill y sus calles perpendiculares.
 En total se distribuyeron 24 libros de Johann Wolfgang von Goethe, Ramón Emilio Moreno, Diógenes Céspedes, Juan Bosch, Vicente Pardú, Dulce Chacón, Miguel de Cervantes, Gabriel García Márquez, Pedro Mir, Avelino Stanley, Baltazar Gracián, Ángela Hernández y Marcio Veloz Maggiolo, entre otros. Las vías de la jornada -de las más transitadas de la capital- acogen centros comerciales, supermercados, bares, restaurantes y tiendas de ropas y accesorios.
No se escatimó imaginación, así que los libros llegaron hasta los cajeros automáticos de la zona. Este movimiento que surgió en Argentina, lo empezaron en República Dominicana Yulendys Jorge, periodista; Álbida Segura, abogada y Leidi Jorge, diseñadora de interiores.
 Las promotoras explican que la actividad es libre y que cualquier persona puede realizar jornadas similares, solo tienen que visitar el blog yoleiestelibrorepublicadominicana.blogspot.com para descargar las reglas y poder pegarlas a los libros que distribuyan. A las personas que se animen, les invitan a enviar sus imágenes para compartir sus experiencias en el blog del movimiento que tiene un formato unificado con los países que ya se han hecho eco, como España, Italia, Venezuela, México, Costa Rica y Colombia.
 Las promotoras de la actividad en República Dominicana han formado un Club de Lectura, cuyos participantes se reunirán cada mes para analizar, discutir y disfrutar de las obras previamente seleccionadas. Los detalles serán anunciados en el blog.

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Nota de “Yo leí este libro”

27/3/10

Para leer en forma interrogativa (Julio Cortázar)

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Has visto,
verdaderamente has visto
la nieve, los astros, los pasos afelpados de la brisa...
Has tocado,
de verdad has tocado
el plato, el pan, la cara de esa mujer que tanto amas...
Has vivido
como un golpe en la frente,
el instante, el jadeo, la caída, la fuga...
Has sabido
con cada poro de la piel, sabido
que tus ojos, tus manos, tu sexo, tu blando corazón,
había que tirarlos
había que llorarlos
había que inventarlos otra vez.

26/3/10

Saulo Hidalgo sobre la iglesia

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"El único ejército que mata a sus heridos se llama la Iglesia. En una guerra, cuando hieren a un soldado lo cuidan, lo protegen. Pero ¿qué hacemos nosotros? Lo echamos fuera, lo criticamos, lo expulsamos, lo maldecimos".

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Entrevista publicada en La Vida, Listín Diario

12/3/10

Parece que sólo las mujeres se interesan por los temas de género

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A propósito de Perdió el tiempo en la ONU (almuerzo de Elpaís.es con Waris Dirie)
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Yaniris López
Marzo, 2010. Participar en la 54 sesión de la Comisión para el Estatus de la Mujer de las Naciones Unidas (CSW) tenía un gran significado para mí, poca seguidora de los temas de género. Me imaginaba grandes debates alrededor de los derechos de la mujer por todo New York, anuncios en la TV, caminatas, grupos que se manifestaban con pancartas…

Lamentablemente, la invitación de Plan Internacional me sirvió para confirmar una teoría personal que sostengo desde hace años sobre el poco interés que suscitan estos temas en la agenda mundial. Confirmé que los derechos de la mujer sólo les interesan a las mujeres. Que los debates son los mismos cada año. Que los avances ocurren a cuentagotas y no como las mujeres esperan, pese a todos los esfuerzos que hacen para lograrlos. Y todo porque las estadísticas, los mismos avances, los retos y las peticiones del mundo femenino sólo son escuchadas, seguidas y trabajadas por las mujeres.

En la actividad principal de Plan, la presentación del informe Porque soy una Niña 2009, sólo participaron seis hombres, en una sala repleta de mujeres adultas y pocas adolescentes, que resultaron ser voluntarias de varias ONG. En las demás actividades de la CSW, todos los participantes, hombres y mujeres, parecían estar vinculados a instituciones que trabajan con y para mujeres. No había un público espontáneo, interesado en los temas porque sí.

Debe ser que el objetivo no está bien enfocado. La CSW debe servir para llamar la atención mundial sobre el estatus de la mujer, no simplemente para que los representantes de género de los países agoten cinco miserables minutos frente a una audiencia que los entiende, que comparte sus criterios, pero que no tiene en sus manos la solución a estos problemas. Llamamos la atención frente a las mismas personas y organismos cada año a través de congresos y conferencias, presentamos informes, analizamos las estadísticas, alertamos sobre la situación de la mujer en el mundo, pero ¿quién nos escucha?, ¿quién responde?, ¿a quiénes, realmente, les estamos enviando el mensaje?

De la experiencia valoré, sin embargo, el entusiasmo de las mujeres del mundo, sus esperanzas en una lucha que les toma todo el tiempo. Tras ocho horas de dura espera, de pie, en los pasillos de las Naciones Unidas, en busca de la acreditación necesaria para participar en los paneles y sesiones, compartí con mujeres de más de 10 países. Mientras África celebra el avance en derechos considerados básicos, elementales, Europa se queja del limbo en el que permanecen las reformas que finalmente sentarían las bases para la deseada igualdad. Un detalle compartieron todas: la desorganización que reinó en la ONU durante la CWS, las pocas atenciones brindadas en la sede del organismo que representa el poder político del mundo, el que sí puede hacer que los avances fluyan. “Nos lo hacen porque somos mujeres”, decían, “porque somos pacíficas, porque no nos quejamos”. Qué sensación tan desalentadora vivimos todas. Se supone que así deben promoverse los cambios: de manera pacífica. ¿O no?

12/2/10

Adiós (Carilda Oliver, cubana)

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Adiós, locura de mis treinta años,
besado en julio bajo la luna llena
al tiempo de la herida y la azucena.
Adiós, mi venda de taparme daños.

Adiós, mi excusa, mi desorden bello,
mi alarma tierna, mi ignorante fruta:
estrella transitoria que se enluta,
esperanza de todo por mi cuello.

Adiós, muchacho de la cita corta;
adiós, pequeña ayuda de mi aorta,
tristísimo juguete violentado.

Adiós, verde placer, falso delito;
adiós, sin una queja, sin un grito.
Adiós, mi sueño nunca abandonado.

4/2/10

Otra de Oscar (¡ja, ja, ja!)

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Mi vecinito Oscar (ya tiene ocho años) tenía una tarea atrasada: dibujar la bandera dominicana. Y allí estábamos, cartulinas y lápices de colores en manos, tirados en el piso de mi habitación mientras Joshua (mi sobrinito, 4 años) miraba muñequitos. En un extremo de la cartulina le aconsejamos a Oscar colocar su nombre y curso bien claritos, para que la profe viera que esa bandera hermosa la había hecho él y no otro, pero Oscar no recordaba sus apellidos. Ninguno: ni el primero ni el segundo. Denís (mi hermana) para animarlo le dice que Joshua es más chiquito y se los sabe de memoria, y para muestra le pide a Joshua que se los diga y venga, que Joshua recitó sus dos nombres y dos apellidos perfectamente perfecto y Denís le dice a Oscar que así debía hacerlo él y con más fe, porque era mayor. Y ¿saben lo que Oscar respondió?
--Yo no me acuerdo de mis apellidos porque tengo mucho que no los digo.

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3/2/10

A ti (criolla de Arturo Pellerano Castro)

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Yo quisiera, mi vida, ser burro,
ser burro de carga,
y llevarte, en mi lomo, a la fuente,
en busca del agua,
con que riega tu madre el conuco,
con que tú, mi trigueña, te bañas.

Yo quisiera, mi vida, ser burro,
ser burro de carga,
y llevar, al mercado, tus frutos,
y traer, para ti, dentro el árgana,
el vestido que ciña tu cuerpo,
el pañuelo que cubra tu espalda,
el rosario de cuentas de vidrio
con Cristo de plata,
que cual rojo collar de cerezas
rodee tu garganta...
Yo quisiera, mi vida, ser burro,
ser burro de carga...


Desde el día que en el cierre del monte
cogida la falda,
el arroyo al cruzar, me dijiste
sonriendo: ¿me pasas...?

y tus brazos ciñeron mi cuello,
y al pasarte sentí muchas ganas,
de que fuera muy ancho el arroyo,
de que fueran muy hondas sus aguas...
desde el día que te cuento, trigueña,
¡yo quisiera ser burro de carga!


Y llevarte, en mi lomo, a la fuente,
y contigo cruzar la cañada,
y sentirme arrear por ti misma,
cuando, a vuelta del pueblo, te traiga,
el vestido que ciña tu cuerpo,
el pañuelo que cubra tu espalda,
el rosario de cuentas de vidrio,
con Cristo de plata,
que cual rojo collar de cerezas
rodee tu garganta...

Yo quisiera, mi vida, ser burro,
¡ser burro de carga!