5/4/11

Los personajes y yo (Leer y pensar 2)

I think about you so much, that I don’t have time for anything else!
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Tengo esa frase grabada por ahí, en alguna tarjeta adolescente. La conservo porque de chica me gustaba imaginarme cómo sería pensar tanto en alguien que no tuviera chance de pensar en otra cosa. ¿Sería eso posible? Jugué con ella, con la frase. Mis amados eran los personajes de los libros y paquitos que leía.
Mis favoritos, según avanzaba en mis lecturas, fueron el sacerdote Desmonde, el protagonista de El joven trovador de A. J. Conin, y John Barry, el inglés rubio del paquito Samurai. Del primerito que me enamoré, sin embargo, fue de Pedro, el pastor amigo de Heidi. Me lo imaginaba mirándome, saltando ambos entre florecillas silvestres con el fondo verde de los Alpes suizos, dejándonos acariciar por el viento, prefiriéndome a mí y no a ella. Luego me asfixié de Henri Christophe, el personaje de Fuego, no del verdadero primer presidente de Haití. También llegó a gustarme Kalimán, que me salvaba de bárbaros y tipos malos y me alzaba con sus musculosos brazos dibujados. En una de las historias, Kalimán se desprendía de su cuerpo, y su alma (su cuerpo transparente, según los dibujos de Editora Cinco) vagaba por todas partes mientras investigaba a los malos. Entonces me imaginaba que en una de sus rondas me visitaba a mí, entraba por las ventanas abiertas de mi cuarto y dormía unos minutos a mi lado, antes de seguir vagando.
Lo de Desmonde era más profundo. Me atraía el chico de voz angelical que sacrificó el sacerdocio por la pasión que le inspiraba una mujer. (Suspiros).
Con los personajes me casaba, tenía hijos, me divorciaba, peleaba, me reconciliaba, viajaba. Las despedidas eran tristísimas; los besos apasionados o muy tiernos; los encuentros, dramáticos en extremo…
A Desmonde lo sustituyó un chico del colegio cuyo rostro se me resistía a ser pensado y luego hubo un tiempo en que ni personajes ni tipos reales ocupaban mi mente, no al punto de llegar al grado de la frase. Hace unos años creí vivirla cabal y literalmente. Con alguien de carne y hueso. Pensaba en él todo el tiempo, a todas horas, incluso durmiendo. Sufría los encuentros, pero disfrutaba pensar los encuentros. De hecho, me pasaba el día deseando que llegara la hora de dormir, el momento exacto en el que la cabeza, depositaba sobre la cama (no uso almohadas), tenía licencia para pensar, tocar, desear, revivir. Qué obsesión. Qué desastre. ¡Realmente no tenía tiempo para pensar en nada más! Cuando el idilio terminó me prometí no volver a revivir la frase. Pero no lo juré, sólo lo prometí. Debí jurarlo. Porque ahora sé que la frase escondía un grado supremo. El rostro que ahora la ocupa es personaje y es persona. Es la suma perfecta de todos los personajes leídos, de todas las personalidades deseadas. Lamentablemente es más persona que personaje. Un engendro tan perfecto que, pensar tanto en él, en lugar de provocar suspiros, duele… Un niño malcriado que parece regodearse en otra frase macabra e insolente: “Pensarme puedes, pero tocarme no…”
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P.D. Me duele tanto pensar en ti, que no quiero que llegue la noche…

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Leer y pensar (1)