Ese día, los médicos comprobaron estupefactos que el Príncipe era único sobre la faz de la tierra, porque realmente tenía la sangre azul. La noticia fue terrible: no hubo manera de hallar un donante que tuviese tal tipo de sangre, y el Príncipe tuvo que morir en el quirófano.
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La rosa y el sudario (2001)
7/1/10
Don Papo, toda una vida entre historietas
Yaniris López
Santo Domingo.- La historia transcurre antes, durante y después de la Revolución de Abril de 1965. Aurelio de León, don Papo, abandonó el colmadito que tenía en Ciudad Nueva y abrió un puesto de revistas en un zaguán de la esquina El Conde con Santomé en 1963, luego del golpe de estado al presidente Juan Bosch. Los niños, sobre todo, se apiñaban para comprar y cambiar paquitos que han hecho historia, y los adultos para comprar y cambiar Vanidades, Cosmopolitan, Amigo del Hogar y la local revista Ahora.
Oriundo de San Francisco de Macorís, cuando estalló la Guerra Civil volvió a su tierra cibaeña y cerró con llaves el puesto de revistas. Como no se acostumbró, volvió a los 19 días. Pero las revistas ya no estaban. Su pequeño zaguán, donde funcionaba una oficina de profesores, había desaparecido. La explicación de don Papo es muy lógica.
"En el lugar funcionaba un comando (constitucionalista) y ellos (los combatientes) encontraron las revistas y los paquitos y los tomaron. Imagínate, no había televisión, no había cine, había toque de queda. No había luz. Nada más les quedaba eso, pero la lectura es cultura”, explica, como excusándolos.
Y don Papo tuvo que empezar de nuevo. De revistas y paquitos le suplía y le sigue supliendo la librería Amengual, que para entonces funcionaba también en la calle El Conde. Un pariente le dio 20 pesos (para que no se le ocurriera volver al campo, “a perderse”) y con ese dinero se fue a la librería y compró tanta mercancía que debió transportarla en una carretilla. Se instaló en otro local de la misma calle, en el número 460, bajo las escaleras de un edificio ubicado entre las calles Santomé y Espaillat. De eso hace ya 44 años y el espacio, diminuto, estrecho, que no alcanza los dos metros de ancho, sigue ahí, como si el tiempo se hubiese detenido, apretujando en sus paredes miles de revistas, libros e historietas que ya forman parte de la historia de la Zona Colonial.
Perseverancia
Por lo que cuenta don Papo, podría decirse que el estallido de la Revolución de 1965 benefició hasta cierto punto la publicación de revistas y paquitos y tras su cortina se formó una generación de ávidos e inteligentes lectores.
“La Revolución estaba en sus buenas, tenía 22 días de haber empezado. Cuando surtí la tienda con los 20 pesos que te digo, se vendió todo ese día, porque no había nada, cuando hay toque de queda desde las 6:00 de la mañana, tú leías los paquitos con vela, porque no había luz ni nada”, indica don Papo.
Al margen de la guerra, es bien sabido que las historietas definirieron en gran parte de América Latina una época de lectura fantástica en la que Archi, los personajes de Walt Disney y las Leyendas de América, Tarzán y los superhéroes como Superman y el Hombre Araña hicieron suspirar y emocionar a más de uno.
Y al llegar los 70 y 80, cientos de niños y jóvenes aprendieron historia y geografía con Kalimán, Memín, Samurai, Fuego, Águila Solitaria y muchos otros relatos. Coleccionar estos paquitos era un ritual, una norma, un estilo de vida. Nuevos costaban 5 cheles y cambiarlos dos o tres, pero una vez usados don Papo los cambiaba a dos por 5 cheles. Al bajo costo de los ejemplares contribuía la proliferación de editoriales en México, de donde provenían casi todos.
“Lo primero que empezó a llegar para la Revolución fue la revista ‘Life’. Yo tenía uno de los pocos puestos de revistas, nos avisaron de la librería, traje dos paquetes y nada más duraron un ratico”, sigue don Papo. Costaba 30 centavos”.
Todo público
Las damas eran, también, grandes consumidoras de las revistas de don Papo. Las páginas eróticas de Deseo, las heroínas románticas de Bianca o Jazmín, las novelas inéditas de Corín Tellado incluidas en la revista Vanidades o las ilustradas Yesenia y Rubí inspiraban a los corazones femeninos, que se enamoraban de los protagonistas y cultivaban de esta forma el gusto por la lectura.
“Aquí venía Charityn Goico y se tiraba en el piso a buscar paquitos”, recuerda don Papo, casado y con tres hijos.
En el casi “imperceptible” lugar, las revistas y novelitas siguen llegando. Los paquitos de antaño son más difíciles de ver pero puede que aparezcan algunos. Si desea rememorar sus viejas lecturas, o iniciarse en ellas, ahí está el callejón de don Papo, que abre tempranito en las mañanas, envuelto en el mítico ambiente de la calle peatonal.
Sobreviviente
Don Papo es el único que mantiene bien surtido un puesto de revistas en la Zona Colonial, donde además vende periódicos, calcomanías, chucherías y libros clásicos de esos que les ponen a leer a los estudiantes. Y pese a lo poco rentable que pudiera parecer un negocio de este tipo, a don Papo le ha significado una vida llena de grandes satisfacciones. “Mucho mejor que el viejo colmado”, dice.
“No tengo que trasnocharme y era muy sacrificado”. Su trabajo y perseverancia fueron reconocidos en la pasada Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2009, una actividad en la que su cara es bien conocida en el espacio reservado a las historietas.
Aunque ya no tanto “porque en Internet lees todo”, don Papo asegura que la gente sigue leyendo e intercambiando novelistas y revistas, sobre todo los lunes, que llega mercancía nueva y el pequeño local se abarrota de lectores. Él deja que las personas entren y busquen títulos específicos porque en esa parte no es bueno.
“No los sé ninguno. Los conozco por la colección, pero la gente entra y rebusca las que quiera en particular”, se ríe.
Una de sus antiguas y más fieles clientas, doña Beatriz Olivares, estará encantada de saber que el local sigue ahí, abierto a nuevos y viejos lectores.
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Publicado en Ventana
Listín Diario, el 2 de enero de 2010
Publicado por
Yalo
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28/12/09
Vives en mí (Pecos Kanvas)*
Tú
Me das ingratitud
Mientras te ofrezco amor
con pasión
Y tu indiferencia cruel
me hace padecer
y pierdo la razón
Siempre recuerdo tus grandes ojos
que me miraron y acaricié
Guardo en mis labios
la huella ardiente de tu besar
de tu querer
Tu hermosura
Tu frágil hermosura
Es toda mi locura
Es mi gran padecer
Cómo lloro
Si vieras cuánto añoro
aquel caudal de besos
que vivirá en mi ser
----
*Otra de las canciones más lindas y tristes del mundo.
Me das ingratitud
Mientras te ofrezco amor
con pasión
Y tu indiferencia cruel
me hace padecer
y pierdo la razón
Siempre recuerdo tus grandes ojos
que me miraron y acaricié
Guardo en mis labios
la huella ardiente de tu besar
de tu querer
Tu hermosura
Tu frágil hermosura
Es toda mi locura
Es mi gran padecer
Cómo lloro
Si vieras cuánto añoro
aquel caudal de besos
que vivirá en mi ser
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*Otra de las canciones más lindas y tristes del mundo.
21/12/09
La burla del amor (Andrés Bello, Venezuela)
No dudes, hermosa Elvira,
que eres mi bien, mi tesoro,
que te idolatro y adoro
… porque es la pura mentira.
¡Ah!, lo que estoy padeciendo
no puede ser ponderado,
pues de puro enamorado
paso las noches… durmiendo.
Y si tu mirar me avisa
que te ofende mi ternura,
tanto mi dolor me apura
que me echo a morir de… risa.
que eres mi bien, mi tesoro,
que te idolatro y adoro
… porque es la pura mentira.
¡Ah!, lo que estoy padeciendo
no puede ser ponderado,
pues de puro enamorado
paso las noches… durmiendo.
Y si tu mirar me avisa
que te ofende mi ternura,
tanto mi dolor me apura
que me echo a morir de… risa.
20/12/09
Daniel, el librero de El Conde
Yaniris López
Santo Domingo
La cabeza gira varias veces de repente cuando, caminando por la calle El Conde, los ojos se topan con ese libro que ha hecho a más de uno recorrer, sin éxito, decenas de librerías en la ciudad.
El cuerpo se devuelve buscando quién los tiene en venta y aparece la cara morena y casi inexpresiva de Daniel. Los libros están apilados frente a una tienda de la calle peatonal.
Para alegría del comprador, Daniel no sólo tiene ese libro, sino todos los libros que alguien pueda imaginar y todas las temáticas y expresiones literarias que han merecido una impresión. Todas. Desde fonética hasta gastronomía. Desde una revista hasta un almanaque. Desde “El reino del Caimito”, del Nobel Derek Walcott, hasta una edición viejísima en alemán de La Cotica, la guía nacional de turismo.
Si el libro no está en el montoncito de la calle, Daniel desaparece unos minutos y aparece con el ejemplar en la mano. Es que su librería está al frente, en el primer piso del edificio Saviñón, en la Zona Colonial. Y en el mismo edificio, en un lugar que el cliente no puede ver, está el almacén donde guarda su gigante colección.
La inauguró hace más de 20 años en el mismo lugar – al lado de las escaleras-, con un par de libros que decidió poner a la venta. No es que a él le fascine tanto la lectura, pero sí le gustan los libros. El negocio creció tanto que internarse en el largo callejón de menos de dos metros de ancho es una experiencia onírica para investigadores y amantes de la lectura: apiñados en las paredes y en el cristal del callejón, cientos de libros acostados o parados, pero de manera que puedan leerse las letras del lomo, abarrotan el lugar del techo al suelo, de norte a sur, dejando apenas un estrecho pasillo para que alguien pase. Sólo una persona, no dos.
Un mar de colores
Son tantos libros que más de uno se pregunta cómo los encuentra, cómo es que camina, se para, levanta la mano y ubica el ejemplar. “Hay que ser como una computadora”, responde Daniel, en clara alusión a que tiene grabados los títulos, las casas editoriales, la temática y hasta los colores de sus libros.
Si encontrar alguno le da mucha brega, Daniel envía al cliente a dar un paseo por La Zona y le dice que vuelva en quince minutos. O al otro día. Todo depende. Casi siempre lo encuentra. Los más solicitados son los libros antiguos y los de historia. Políticos, investigadores y toda clase de intelectuales dominicanos suelen recurrir a Daniel en busca de reliquias escritas, tratados o antologías.
“He tenido libros con fecha de 1600”, dice Daniel como si nada.
No habla mucho, pero es tal la complicidad que se da entre él y sus fieles seguidores que muchos de sus libros andan rodando por ahí, prestados y fiados. Y si a alguien se le ocurre decir que están “un poco caros”, Daniel le responde que se fije bien en el libro. Le insinúa que no se trata de cualquier libro y que lo más probable es que dure mucho en conseguir otro parecido. Y tiene razón.
“Los que aparecen en cualquier librería los dejo bien baratos, pero hay otros que no se encuentran ya fácilmente. No los puedo vender igual”.
Daniel no deja que se acumule el polvo ni el moho, aunque el olor a papel viejo es tan fuerte, a veces, que provoca tos.
Eso no impide, sin embargo, que los clientes se sumerjan en ese mar largo y estrecho de hojas y lomos de todos los colores en busca de un libro. El los deja. Están en casa. Una casa pequeñita que guarda siglos de conocimiento, tinta, olores y papel.
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Publicado en Lecturas de Domingo
Listín Diario, 20/4/2008
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