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17/5/22
¿Conoces tu patrimonio?
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Yalo
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Santo Domingo
17/12/19
7/10/15
Raúl Morilla y su "Claustro para el Edén"
El gran premio de la 28
Bienal Nacional de Artes Visuales es una videoinstalación de contenido social que reta al espectador a ser parte de la obra
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Yaniris López
Santo Domingo
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Grande, Raúl Morilla.
Con la videoinstalación “Claustro para el edén”, el artista visual dominicano se alzó con el gran premio de la 28 Bienal Nacional de Artes Visuales, inaugurada el pasado 16 agosto.
La obra, ubicada en el sótano del Museo de Arte Moderno (MAM), es la cuarta de una serie que Morilla ha venido trabajando en los últimos años con un mensaje muy claro: reflexionar sobre el individualismo, el egoísmo y la enajenación de los individuos en la sociedad.
Para hacerlo solo necesitó mallas de nylon, cilindros de metal, cerámica y reflectores, todo armonizado en una videoinstalación de 156 x 156 x 156 pulgadas.
Cada una de las cinco piezas de la obra convidan al espectador a ser parte de ella, de un claustro formado por sogas y cilindros. Los cilindros funcionan como celdas subterráneas en las que se ven imágenes que abordan, dice Morilla, el tema del egoísmo social: “De cómo las personas nos presentamos y nos comportamos tan indolentes con el prójimo”.
“Las grabamos dentro de un cilindro igual con la intención de mostrar cómo cada quien vive únicamente tomando en cuenta su propio mundo”, explica el artista a LISTÍN DIARIO.
El público se asoma al tambor para observar desde lo alto, entre otras imágenes, a un personaje que realiza acciones cotidianas: come, se viste, escudriña el exterior, se enfrenta a problemas, se desespera… Y entre las imágenes y el espectador está la malla, apunta Morilla, para reafirmar la barrera en las relaciones entre los seres humanos.
“En vez de verse afectado con las acciones, la desesperación y la agonía del personaje, el que observa actúa simplemente como espectador. La malla te reafirma ese concepto de división. Ahora mismo lo notas en la forma en que a la gente solo le preocupa observar, grabar a un muerto, un accidente o todo lo que pasa a su alrededor, pero no se atreve siquiera a tender una mano y ofrecer ayuda”.
Una obra interactiva
En las videoinstalaciones de Morilla, el espectador, quiéralo o no, forma parte de la obra. La pieza lo reta a mirar dentro. No hay más opción si quiere entenderla. Es una característica de su trabajo desde que empezó a introducir videos en sus instalaciones, la primera vez en la obra “En espera de las fiestas fúnebres” (Arte Barceló, 2006).
Morilla comenta que “Claustro para el Edén” es muy interactiva porque le gusta que el espectador no solo participe de la instalación, sino que la comprenda.
“Por eso tratamos de crear un microespacio dentro del museo de manera que cuando el espectador entre sea parte de la obra y participe de ella”. Desde lo individual, las imágenes invitan a reflexionar en temas relacionados con el hambre, la violencia, el medio ambiente y la presión social.
¿Y por qué estos temas?
Morilla sostiene que en medio del ajetreo permanente en que se vive hoy, hay momentos en los que el ser humano tiene unos 10 o 20 segundos de lucidez y entonces se da cuenta del gran teatro que es el mundo, de cómo moldean sus acciones las grandes cadenas noticiosas, los grandes emporios económicos y las marcas.
“Y entonces te llegan unos segundos de lucidez en los que piensas ¿qué es esto?, ¿hasta dónde llega esto? Pero a la media hora vuelves a entrar en tu engranaje, en tu entorno, y solo piensas en ti, en trabajar, en producir. Y se te va la vida en eso”.
El instalador recomienda ver la obra caminando de derecha a izquierda para mantener la hilaridad en el tema. Aunque, claro, “es una propuesta muy personal, porque al final el espectador lo ve como guste”, dice.
Una plataforma importante
Arquitecto, dibujante, instalador y escultor, Raúl Morilla nació y vive en La Vega, ciudad donde realiza todos sus proyectos. Algo que recuerda con una sonrisa es que la propuesta que presentó en la pasada bienal, en 2013, fue rechazada por el jurado de selección. Y la recuerda sonriente porque de rechazado pasó a ser el gran ganador de la siguiente edición.
“La plataforma de la Bienal es muy importante. Tienes la oportunidad de mostrar tu trabajo a un gran público que no logras ni con una colectiva ni con una individual”, reconoce Morilla.
El premio le llegó, además, luego de una exitosa participación en la XII Bienal de La Habana, en Cuba, donde presentó en mayo de este año la instalación urbana “Entrando en las Afueras”.
La próxima videoinstalación de la serie que Morillo tiene en carpeta se llamará “Sudando en el limbo”. Conozca más del artista y su obra en www.raulmorilla.com
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Yalo
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Yaniris López
3/5/13
¡Feliz cumpleaños, Gelman!
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5/12/12
Leopoldo Brizuela. Remanentes de una entrevista (1)
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Yalo: Hace unas semanas celebrábamos 50 años del llamado “boom de la literatura latinoamericana”. Si tomamos como referencia lo bien que les va a los autores de la región en los premios literarios (el Alfaguara, por ejemplo, en sus últimas 15 ediciones se lo han llevado 13 latinos), ¿cree que estamos viviendo –con sus diferencias, claro– otra especie de boom de las letras latinoamericanas?
Brizuela: No sé (léase con acento argentino, que no es lo mismo ni es igual). Lo que sí es que hay una efervescencia literaria. Por un montón de cosas. Porque se escribe mucho, porque se publica mucho, porque publicar no es tan difícil como antes... Cuando yo tenía 30 años, por ejemplo, era lo más normal que una persona de 30 años tuviera un libro y en general publicado por él mismo. Algunos teníamos uno publicado por una editorial grande. Ahora con 30 años hay gente que tiene cinco o seis libros publicados, porque publicar ahora mismo no es tan difícil, porque hay muchas editoriales pequeñas, independientes, como se llaman. Además, ahora los libros no son tan feos.
Yalo: ¿Feos?
Brizuela: Feos en el sentido… Cuando yo empecé, si te publicabas tú misma el libro en una imprenta era un libro horrible. Ahora no. Ahora una editorial independiente puede publicar un libro muy lindo y eso produce una gran efervescencia. No sé si hay grandes figuras, pero sí hay una gran diferencia con el boom. Es un boom no tanto de figuras como de libros.
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Noviembre 2012, Santo Domingo
Leer entrevista en Listín Diario
Yalo: Hace unas semanas celebrábamos 50 años del llamado “boom de la literatura latinoamericana”. Si tomamos como referencia lo bien que les va a los autores de la región en los premios literarios (el Alfaguara, por ejemplo, en sus últimas 15 ediciones se lo han llevado 13 latinos), ¿cree que estamos viviendo –con sus diferencias, claro– otra especie de boom de las letras latinoamericanas?
Brizuela: No sé (léase con acento argentino, que no es lo mismo ni es igual). Lo que sí es que hay una efervescencia literaria. Por un montón de cosas. Porque se escribe mucho, porque se publica mucho, porque publicar no es tan difícil como antes... Cuando yo tenía 30 años, por ejemplo, era lo más normal que una persona de 30 años tuviera un libro y en general publicado por él mismo. Algunos teníamos uno publicado por una editorial grande. Ahora con 30 años hay gente que tiene cinco o seis libros publicados, porque publicar ahora mismo no es tan difícil, porque hay muchas editoriales pequeñas, independientes, como se llaman. Además, ahora los libros no son tan feos.
Yalo: ¿Feos?
Brizuela: Feos en el sentido… Cuando yo empecé, si te publicabas tú misma el libro en una imprenta era un libro horrible. Ahora no. Ahora una editorial independiente puede publicar un libro muy lindo y eso produce una gran efervescencia. No sé si hay grandes figuras, pero sí hay una gran diferencia con el boom. Es un boom no tanto de figuras como de libros.
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Noviembre 2012, Santo Domingo
Leer entrevista en Listín Diario
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Santo Domingo,
Yalo
26/4/10
"Yo leí este libro" recorrió avenidas de la capital
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El grupo distribuyó 24 obras literarias por la Lincoln, Churchill y Roberto Pastoriza
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La Sombra del Viento, de Carlos Ruiz Zafón, inauguró la primera jornada de “Yo leí este libro República Dominicana”, el pasado fin de semana.
La obra fue dejada al pie de las escaleras automáticas de la Plaza Bolera, con la esperanza de que un ciudadano la encuentre, la lea y deje por otro sendero para continuar la cadena de lectura. A las cuatro y media del sábado se emprendió el recorrido por las avenidas Abraham Lincoln, Roberto Pastoriza, Winston Churchill y sus calles perpendiculares.
En total se distribuyeron 24 libros de Johann Wolfgang von Goethe, Ramón Emilio Moreno, Diógenes Céspedes, Juan Bosch, Vicente Pardú, Dulce Chacón, Miguel de Cervantes, Gabriel García Márquez, Pedro Mir, Avelino Stanley, Baltazar Gracián, Ángela Hernández y Marcio Veloz Maggiolo, entre otros. Las vías de la jornada -de las más transitadas de la capital- acogen centros comerciales, supermercados, bares, restaurantes y tiendas de ropas y accesorios.
No se escatimó imaginación, así que los libros llegaron hasta los cajeros automáticos de la zona. Este movimiento que surgió en Argentina, lo empezaron en República Dominicana Yulendys Jorge, periodista; Álbida Segura, abogada y Leidi Jorge, diseñadora de interiores.
Las promotoras explican que la actividad es libre y que cualquier persona puede realizar jornadas similares, solo tienen que visitar el blog yoleiestelibrorepublicadominicana.blogspot.com para descargar las reglas y poder pegarlas a los libros que distribuyan. A las personas que se animen, les invitan a enviar sus imágenes para compartir sus experiencias en el blog del movimiento que tiene un formato unificado con los países que ya se han hecho eco, como España, Italia, Venezuela, México, Costa Rica y Colombia.
Las promotoras de la actividad en República Dominicana han formado un Club de Lectura, cuyos participantes se reunirán cada mes para analizar, discutir y disfrutar de las obras previamente seleccionadas. Los detalles serán anunciados en el blog.
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Nota de “Yo leí este libro”
El grupo distribuyó 24 obras literarias por la Lincoln, Churchill y Roberto Pastoriza
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La Sombra del Viento, de Carlos Ruiz Zafón, inauguró la primera jornada de “Yo leí este libro República Dominicana”, el pasado fin de semana.
La obra fue dejada al pie de las escaleras automáticas de la Plaza Bolera, con la esperanza de que un ciudadano la encuentre, la lea y deje por otro sendero para continuar la cadena de lectura. A las cuatro y media del sábado se emprendió el recorrido por las avenidas Abraham Lincoln, Roberto Pastoriza, Winston Churchill y sus calles perpendiculares.
En total se distribuyeron 24 libros de Johann Wolfgang von Goethe, Ramón Emilio Moreno, Diógenes Céspedes, Juan Bosch, Vicente Pardú, Dulce Chacón, Miguel de Cervantes, Gabriel García Márquez, Pedro Mir, Avelino Stanley, Baltazar Gracián, Ángela Hernández y Marcio Veloz Maggiolo, entre otros. Las vías de la jornada -de las más transitadas de la capital- acogen centros comerciales, supermercados, bares, restaurantes y tiendas de ropas y accesorios.
No se escatimó imaginación, así que los libros llegaron hasta los cajeros automáticos de la zona. Este movimiento que surgió en Argentina, lo empezaron en República Dominicana Yulendys Jorge, periodista; Álbida Segura, abogada y Leidi Jorge, diseñadora de interiores.
Las promotoras explican que la actividad es libre y que cualquier persona puede realizar jornadas similares, solo tienen que visitar el blog yoleiestelibrorepublicadominicana.blogspot.com para descargar las reglas y poder pegarlas a los libros que distribuyan. A las personas que se animen, les invitan a enviar sus imágenes para compartir sus experiencias en el blog del movimiento que tiene un formato unificado con los países que ya se han hecho eco, como España, Italia, Venezuela, México, Costa Rica y Colombia.
Las promotoras de la actividad en República Dominicana han formado un Club de Lectura, cuyos participantes se reunirán cada mes para analizar, discutir y disfrutar de las obras previamente seleccionadas. Los detalles serán anunciados en el blog.
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Nota de “Yo leí este libro”
28/1/10
Una ronda por tu cumpleaños
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¿Periodista, yo? No, gracias. Los tres cañones que en dos horas anunciarán la entrada en vigencia de la nueva ¿Constitución? vigilan mi entrada al Ayuntamiento de la ciudad. Las calles que dan al Congreso están cerradas. El Presidente hablará y hay que proteger su cuerpo. La cita con él es a las 4:00. La mía es a las 2:00. Llegaré tarde. Con lo que odio llegar tarde, y ese señor que fue tan gentil al concederme la entrevista. Cada vez que me toca ir al Ayuntamiento llueve. Como esta tarde. Al salir, una mata en miniatura de lo que en 20 años será una gran ceiba nos cobija a mí y a otras dos desdichadas chicas que, sin vergüenzas, se apresuran a hacerse un tubi para cuidar el cabello. Por Dios, antes muerta que sencilla. Amaina. Me hago un turugo con el pelo, me saco el abrigo, lo tiro sobre la cabeza y echo a andar. Los patriotas ya tienen preparadas banderas pequeñitas para ondear al compás de la caravana presidencial. Cruzo la Churchill (o el otro nombre que le pusieron a esa altura). Mientras todos corren hacia el Congreso, con cámaras y libretas en mano, para ubicarse bien, aprovechando la ocasión, la cita histórica, yo le huyo al molote, a la historia. ¿Periodista, yo? No, ombe. Como que debí estudiar otra cosa, pienso. La llovizna no para. Frente a la Lotería, como siempre, el hervidero de gente me recuerda que estoy rodeada de funcionarios y empleados públicos, con sus uniformes oscuros, sus peinados llenos de spray y las caras pintadas las hembras; celulares en mano y sonrisas de estar hablando con sus amantes los hombres. Algunas caras me miran medio raro. Qué se creen. Me suelto el pelo, por si acaso es el turugo, guardo el abrigo y las miro también. Tomo un carro en la Independencia. 3:06. Los letreros llenan los ojos. Casas de cambio. Alicia Ortega en la esquina de Antena 7. Un comedor. Una cafetería. Una foto de Duarte. Ah, sí, es su natalicio. 26 de enero. ¡¡¡Piiiiiii, run-runnnnn, tanrammmm!!! ¡=)%&@!
Avanzamos. Muy gentil, el chofer. No habla ni tiene música rara. Hasta el Parque. 20 pesos. No llegues, sopor. Disfrutemos el paisaje, la bulla. Casas de colores, tapones, carros, la carota del ex primer niño de la ciudad, Robertico, anunciando su próximo ¿trabajo? teatral. Pobre Robertico. A pocos metros, la cara de su papá, Roberto, que se postula a la sindicatura por tercera vez. De nuevo la cara de Roberto. ¿Qué tendrá el carguito ese? Bocinas. Tapones. La Lincoln. ¡Piiiiiiiiiiii! Un semáforo en rojo. El hotel amarillo que nunca cambia de color. La embajada española, los coralillos viejos de la Cancillería, la pintura vieja del Banco Agrícola. Los barrotes corroídos de la torre que parece un bizcocho. Los laureles a lo largo de la avenida, sus raíces aéreas que cuelgan. Los chicos de la UASD, los bares de la UASD, las cosas de la UASD, que hoy inicia la docencia. Otro tapón. Asadero Los Argentinos, cocinero se hace, asador se nace. Pero qué pena, el lugar está abandonado. El letrero de un banco. Qué mal me caen los bancos. La Máximo Gómez. Semáforo en rojo. La cosa redonda y transparente del Palacio de Bellas Artes que alguien instaló allí para hacerle competencia a la pirámide del Louvre. El Grupo Niche. Siempre peleando, esto se tiene que acabar, vueltas y vueltas... Muchas banderas que cuelgan de los edificios. Duarte, verdad. La escuela laboral. Una doña que sale de un residencial y tira una funda de basura sobre un montón que reposa sobre las raíces de un laurel. Los mozos del restaurante Riazor, esperando por clientes. Suerte tenemos, quien se acuerde de los dos, y hay un corazón que tiene... Una farmacia, otro tapón. Bocinas, gente. Esso. Los laureles antes de llegar al parque, cuyas raíces, tan largas y gordas, rompen las aceras y se extienden por debajo del cementerio para abrazar a los muertos, que sufren de frío ahí abajo, los pobrecitos. ¡¡¡¡¡Piiiiiiiiiii, tan-tan, ruuun-runnnn!!!!! El parque Independencia. 3:33. Hasta aquí llegamos.
La otra cita es a las 5:00, en la Zona Colonial, así que, en lo que llega la hora, todos los caminos conducen a un solo lugar: La Cafetera. Mientras tanto, ¿por qué no aprovecho para comprar barro en polvo? Hace seis años, una señora lo vendía en la Billini casi con Santomé. Vayamos, pues. Qué nostalgia. Trabajaba por ahí. Tomo la Nouel, bajo por la Espaillat, alcanzo la Billini. Muchas cosas han cambiado. Donde estaba la cafetería hay un supermercado, el local del bar está cerrado y se vende. Donde trabajaba (relaciones públicas, investigación) han puesto una clínica dental. La banca, el colmado, la zapatería siguen ahí. Y nada de la doña que vende barro. Entro al lado, donde el señor de los dulces (vende todo de tipo de dulces, yo le compraba muchísimos). El señor, medio tu-tu, no se ha enterado de que por ahí vendían barro, como quien dice a su lado. No, no se lo perdono. Subo por la Santomé. Ahí está el hospital psiquiátrico Padre Billini, con su verde claro casi perdido y el reguero de gente en la entrada de emergencias. Un enfermo mental duerme en uno de sus portales. ¡¡¡¡¡Piiiiiiii!!!!!! ¡Ja,ja,ja,ja! %¿?”(•$(@! Cuchicheos aquí, cuchicheos allá. Una pasante cruza la calle riendo sola. ¿Se habrá contagiado?
Doblo a la derecha y de nuevo salgo a la Nouel. Otro enfermo en otro portal del hospital, por donde sacan a los muertos. ¿Cómo lo sé? Un día pregunté por qué salía siempre agua por debajo de esa puerta y me dijeron que detrás de ella lavaban y entregaban a los muertos. Jamás volví a pisar esa agua. Camino. ¿Cuánto falta para llegar a La Cafetera? La fachada de la iglesia del Carmen, tan linda, con esa mata en la esquina cuyo nombre nunca recuerdo a tiempo. Espero para cruzar la calle y tomar la Sánchez, hacia arriba. El tipo del carro que me corta el paso, en lugar de dejarme pasar baja el vidrio y dice unas cosas. Lo ignoro a propósito. Cruzo. Ah, la vitrina de la librería América queda justo frente a mí, con sus libros de hace 400 años que venden a precio de hoy. Marilyn Monroe, Cómo hacer que su hijo se aleje de las drogas, Ajedrez: 2000 años de historia… Doy la vuelta para entrar: está cerrada. Parece que lleva mucho tiempo cerrada, por eso los libros han perdido el color. Tomo la Sánchez y en El Conde doblo a la derecha. ¿Faltará mucho para llegar a La Cafetera? Nunca recuerdo entre cuáles calles queda exactamente. Sí, después de la Duarte. Está mojado el pavimento, parece que también por aquí acaba de llover. Heyyy, morena, ven, hagamo un chichí. Coooooñ…. (no, mejor no la termino. Nunca he dicho esa malapalabra. Por fea, por eso), ¿pero será que la borraron del mapa? ¿Dónde está La Cafetera? La necesito más que nunca. 3:49. ¡¡¡¡Piiiii!!!!! Un carajito llora por allí, dos tipos discuten por allá. ¡Mira, mi amol, tarjetas, CD, películas…! Camino, casi corro. No debe faltar mucho. 3:51. Ahí está.
Entro rápido, me siento frente al bar, saludo a Franklin. Un café largo, Rogelio, por favor. Respiro. Qué diligente, qué rico huele. Respiro de nuevo. Tomo un poco, disfruto el sabor, el caliente y... sí. Luego de aguantar por casi una hora el ruido infernal de la ciudad, la bruma oscura y el agua inoportuna de una tarde de ¿invierno?, después de poner la existencia en duda, con el aroma del café y el entrañable ambiente de La Cafetera llega la imagen que faltaba, que lo llena todo y que provoca un suspiro lento, deseado: tú. Con esa sonrisa boba y esos ojos que me miran como si, entre el cielo y la tierra, no existiera cosa más hermosa que yo. Con tu inconfundible aire bohemio, tus manos cálidas... Presto a escuchar, a entender mis locuras, llenándome de una dicha que casi toco, que casi veo... Y nada. Con tu presencia rondando tan cerca, ¿cómo no dedicar el resto del día a soñar?
¿Periodista, yo? No, gracias. Los tres cañones que en dos horas anunciarán la entrada en vigencia de la nueva ¿Constitución? vigilan mi entrada al Ayuntamiento de la ciudad. Las calles que dan al Congreso están cerradas. El Presidente hablará y hay que proteger su cuerpo. La cita con él es a las 4:00. La mía es a las 2:00. Llegaré tarde. Con lo que odio llegar tarde, y ese señor que fue tan gentil al concederme la entrevista. Cada vez que me toca ir al Ayuntamiento llueve. Como esta tarde. Al salir, una mata en miniatura de lo que en 20 años será una gran ceiba nos cobija a mí y a otras dos desdichadas chicas que, sin vergüenzas, se apresuran a hacerse un tubi para cuidar el cabello. Por Dios, antes muerta que sencilla. Amaina. Me hago un turugo con el pelo, me saco el abrigo, lo tiro sobre la cabeza y echo a andar. Los patriotas ya tienen preparadas banderas pequeñitas para ondear al compás de la caravana presidencial. Cruzo la Churchill (o el otro nombre que le pusieron a esa altura). Mientras todos corren hacia el Congreso, con cámaras y libretas en mano, para ubicarse bien, aprovechando la ocasión, la cita histórica, yo le huyo al molote, a la historia. ¿Periodista, yo? No, ombe. Como que debí estudiar otra cosa, pienso. La llovizna no para. Frente a la Lotería, como siempre, el hervidero de gente me recuerda que estoy rodeada de funcionarios y empleados públicos, con sus uniformes oscuros, sus peinados llenos de spray y las caras pintadas las hembras; celulares en mano y sonrisas de estar hablando con sus amantes los hombres. Algunas caras me miran medio raro. Qué se creen. Me suelto el pelo, por si acaso es el turugo, guardo el abrigo y las miro también. Tomo un carro en la Independencia. 3:06. Los letreros llenan los ojos. Casas de cambio. Alicia Ortega en la esquina de Antena 7. Un comedor. Una cafetería. Una foto de Duarte. Ah, sí, es su natalicio. 26 de enero. ¡¡¡Piiiiiii, run-runnnnn, tanrammmm!!! ¡=)%&@!
Avanzamos. Muy gentil, el chofer. No habla ni tiene música rara. Hasta el Parque. 20 pesos. No llegues, sopor. Disfrutemos el paisaje, la bulla. Casas de colores, tapones, carros, la carota del ex primer niño de la ciudad, Robertico, anunciando su próximo ¿trabajo? teatral. Pobre Robertico. A pocos metros, la cara de su papá, Roberto, que se postula a la sindicatura por tercera vez. De nuevo la cara de Roberto. ¿Qué tendrá el carguito ese? Bocinas. Tapones. La Lincoln. ¡Piiiiiiiiiiii! Un semáforo en rojo. El hotel amarillo que nunca cambia de color. La embajada española, los coralillos viejos de la Cancillería, la pintura vieja del Banco Agrícola. Los barrotes corroídos de la torre que parece un bizcocho. Los laureles a lo largo de la avenida, sus raíces aéreas que cuelgan. Los chicos de la UASD, los bares de la UASD, las cosas de la UASD, que hoy inicia la docencia. Otro tapón. Asadero Los Argentinos, cocinero se hace, asador se nace. Pero qué pena, el lugar está abandonado. El letrero de un banco. Qué mal me caen los bancos. La Máximo Gómez. Semáforo en rojo. La cosa redonda y transparente del Palacio de Bellas Artes que alguien instaló allí para hacerle competencia a la pirámide del Louvre. El Grupo Niche. Siempre peleando, esto se tiene que acabar, vueltas y vueltas... Muchas banderas que cuelgan de los edificios. Duarte, verdad. La escuela laboral. Una doña que sale de un residencial y tira una funda de basura sobre un montón que reposa sobre las raíces de un laurel. Los mozos del restaurante Riazor, esperando por clientes. Suerte tenemos, quien se acuerde de los dos, y hay un corazón que tiene... Una farmacia, otro tapón. Bocinas, gente. Esso. Los laureles antes de llegar al parque, cuyas raíces, tan largas y gordas, rompen las aceras y se extienden por debajo del cementerio para abrazar a los muertos, que sufren de frío ahí abajo, los pobrecitos. ¡¡¡¡¡Piiiiiiiiiii, tan-tan, ruuun-runnnn!!!!! El parque Independencia. 3:33. Hasta aquí llegamos.
La otra cita es a las 5:00, en la Zona Colonial, así que, en lo que llega la hora, todos los caminos conducen a un solo lugar: La Cafetera. Mientras tanto, ¿por qué no aprovecho para comprar barro en polvo? Hace seis años, una señora lo vendía en la Billini casi con Santomé. Vayamos, pues. Qué nostalgia. Trabajaba por ahí. Tomo la Nouel, bajo por la Espaillat, alcanzo la Billini. Muchas cosas han cambiado. Donde estaba la cafetería hay un supermercado, el local del bar está cerrado y se vende. Donde trabajaba (relaciones públicas, investigación) han puesto una clínica dental. La banca, el colmado, la zapatería siguen ahí. Y nada de la doña que vende barro. Entro al lado, donde el señor de los dulces (vende todo de tipo de dulces, yo le compraba muchísimos). El señor, medio tu-tu, no se ha enterado de que por ahí vendían barro, como quien dice a su lado. No, no se lo perdono. Subo por la Santomé. Ahí está el hospital psiquiátrico Padre Billini, con su verde claro casi perdido y el reguero de gente en la entrada de emergencias. Un enfermo mental duerme en uno de sus portales. ¡¡¡¡¡Piiiiiiii!!!!!! ¡Ja,ja,ja,ja! %¿?”(•$(@! Cuchicheos aquí, cuchicheos allá. Una pasante cruza la calle riendo sola. ¿Se habrá contagiado?
Doblo a la derecha y de nuevo salgo a la Nouel. Otro enfermo en otro portal del hospital, por donde sacan a los muertos. ¿Cómo lo sé? Un día pregunté por qué salía siempre agua por debajo de esa puerta y me dijeron que detrás de ella lavaban y entregaban a los muertos. Jamás volví a pisar esa agua. Camino. ¿Cuánto falta para llegar a La Cafetera? La fachada de la iglesia del Carmen, tan linda, con esa mata en la esquina cuyo nombre nunca recuerdo a tiempo. Espero para cruzar la calle y tomar la Sánchez, hacia arriba. El tipo del carro que me corta el paso, en lugar de dejarme pasar baja el vidrio y dice unas cosas. Lo ignoro a propósito. Cruzo. Ah, la vitrina de la librería América queda justo frente a mí, con sus libros de hace 400 años que venden a precio de hoy. Marilyn Monroe, Cómo hacer que su hijo se aleje de las drogas, Ajedrez: 2000 años de historia… Doy la vuelta para entrar: está cerrada. Parece que lleva mucho tiempo cerrada, por eso los libros han perdido el color. Tomo la Sánchez y en El Conde doblo a la derecha. ¿Faltará mucho para llegar a La Cafetera? Nunca recuerdo entre cuáles calles queda exactamente. Sí, después de la Duarte. Está mojado el pavimento, parece que también por aquí acaba de llover. Heyyy, morena, ven, hagamo un chichí. Coooooñ…. (no, mejor no la termino. Nunca he dicho esa malapalabra. Por fea, por eso), ¿pero será que la borraron del mapa? ¿Dónde está La Cafetera? La necesito más que nunca. 3:49. ¡¡¡¡Piiiii!!!!! Un carajito llora por allí, dos tipos discuten por allá. ¡Mira, mi amol, tarjetas, CD, películas…! Camino, casi corro. No debe faltar mucho. 3:51. Ahí está.
Entro rápido, me siento frente al bar, saludo a Franklin. Un café largo, Rogelio, por favor. Respiro. Qué diligente, qué rico huele. Respiro de nuevo. Tomo un poco, disfruto el sabor, el caliente y... sí. Luego de aguantar por casi una hora el ruido infernal de la ciudad, la bruma oscura y el agua inoportuna de una tarde de ¿invierno?, después de poner la existencia en duda, con el aroma del café y el entrañable ambiente de La Cafetera llega la imagen que faltaba, que lo llena todo y que provoca un suspiro lento, deseado: tú. Con esa sonrisa boba y esos ojos que me miran como si, entre el cielo y la tierra, no existiera cosa más hermosa que yo. Con tu inconfundible aire bohemio, tus manos cálidas... Presto a escuchar, a entender mis locuras, llenándome de una dicha que casi toco, que casi veo... Y nada. Con tu presencia rondando tan cerca, ¿cómo no dedicar el resto del día a soñar?
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Zona Colonial
7/1/10
Don Papo, toda una vida entre historietas
Yaniris López
Santo Domingo.- La historia transcurre antes, durante y después de la Revolución de Abril de 1965. Aurelio de León, don Papo, abandonó el colmadito que tenía en Ciudad Nueva y abrió un puesto de revistas en un zaguán de la esquina El Conde con Santomé en 1963, luego del golpe de estado al presidente Juan Bosch. Los niños, sobre todo, se apiñaban para comprar y cambiar paquitos que han hecho historia, y los adultos para comprar y cambiar Vanidades, Cosmopolitan, Amigo del Hogar y la local revista Ahora.
Oriundo de San Francisco de Macorís, cuando estalló la Guerra Civil volvió a su tierra cibaeña y cerró con llaves el puesto de revistas. Como no se acostumbró, volvió a los 19 días. Pero las revistas ya no estaban. Su pequeño zaguán, donde funcionaba una oficina de profesores, había desaparecido. La explicación de don Papo es muy lógica.
"En el lugar funcionaba un comando (constitucionalista) y ellos (los combatientes) encontraron las revistas y los paquitos y los tomaron. Imagínate, no había televisión, no había cine, había toque de queda. No había luz. Nada más les quedaba eso, pero la lectura es cultura”, explica, como excusándolos.
Y don Papo tuvo que empezar de nuevo. De revistas y paquitos le suplía y le sigue supliendo la librería Amengual, que para entonces funcionaba también en la calle El Conde. Un pariente le dio 20 pesos (para que no se le ocurriera volver al campo, “a perderse”) y con ese dinero se fue a la librería y compró tanta mercancía que debió transportarla en una carretilla. Se instaló en otro local de la misma calle, en el número 460, bajo las escaleras de un edificio ubicado entre las calles Santomé y Espaillat. De eso hace ya 44 años y el espacio, diminuto, estrecho, que no alcanza los dos metros de ancho, sigue ahí, como si el tiempo se hubiese detenido, apretujando en sus paredes miles de revistas, libros e historietas que ya forman parte de la historia de la Zona Colonial.
Perseverancia
Por lo que cuenta don Papo, podría decirse que el estallido de la Revolución de 1965 benefició hasta cierto punto la publicación de revistas y paquitos y tras su cortina se formó una generación de ávidos e inteligentes lectores.
“La Revolución estaba en sus buenas, tenía 22 días de haber empezado. Cuando surtí la tienda con los 20 pesos que te digo, se vendió todo ese día, porque no había nada, cuando hay toque de queda desde las 6:00 de la mañana, tú leías los paquitos con vela, porque no había luz ni nada”, indica don Papo.
Al margen de la guerra, es bien sabido que las historietas definirieron en gran parte de América Latina una época de lectura fantástica en la que Archi, los personajes de Walt Disney y las Leyendas de América, Tarzán y los superhéroes como Superman y el Hombre Araña hicieron suspirar y emocionar a más de uno.
Y al llegar los 70 y 80, cientos de niños y jóvenes aprendieron historia y geografía con Kalimán, Memín, Samurai, Fuego, Águila Solitaria y muchos otros relatos. Coleccionar estos paquitos era un ritual, una norma, un estilo de vida. Nuevos costaban 5 cheles y cambiarlos dos o tres, pero una vez usados don Papo los cambiaba a dos por 5 cheles. Al bajo costo de los ejemplares contribuía la proliferación de editoriales en México, de donde provenían casi todos.
“Lo primero que empezó a llegar para la Revolución fue la revista ‘Life’. Yo tenía uno de los pocos puestos de revistas, nos avisaron de la librería, traje dos paquetes y nada más duraron un ratico”, sigue don Papo. Costaba 30 centavos”.
Todo público
Las damas eran, también, grandes consumidoras de las revistas de don Papo. Las páginas eróticas de Deseo, las heroínas románticas de Bianca o Jazmín, las novelas inéditas de Corín Tellado incluidas en la revista Vanidades o las ilustradas Yesenia y Rubí inspiraban a los corazones femeninos, que se enamoraban de los protagonistas y cultivaban de esta forma el gusto por la lectura.
“Aquí venía Charityn Goico y se tiraba en el piso a buscar paquitos”, recuerda don Papo, casado y con tres hijos.
En el casi “imperceptible” lugar, las revistas y novelitas siguen llegando. Los paquitos de antaño son más difíciles de ver pero puede que aparezcan algunos. Si desea rememorar sus viejas lecturas, o iniciarse en ellas, ahí está el callejón de don Papo, que abre tempranito en las mañanas, envuelto en el mítico ambiente de la calle peatonal.
Sobreviviente
Don Papo es el único que mantiene bien surtido un puesto de revistas en la Zona Colonial, donde además vende periódicos, calcomanías, chucherías y libros clásicos de esos que les ponen a leer a los estudiantes. Y pese a lo poco rentable que pudiera parecer un negocio de este tipo, a don Papo le ha significado una vida llena de grandes satisfacciones. “Mucho mejor que el viejo colmado”, dice.
“No tengo que trasnocharme y era muy sacrificado”. Su trabajo y perseverancia fueron reconocidos en la pasada Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2009, una actividad en la que su cara es bien conocida en el espacio reservado a las historietas.
Aunque ya no tanto “porque en Internet lees todo”, don Papo asegura que la gente sigue leyendo e intercambiando novelistas y revistas, sobre todo los lunes, que llega mercancía nueva y el pequeño local se abarrota de lectores. Él deja que las personas entren y busquen títulos específicos porque en esa parte no es bueno.
“No los sé ninguno. Los conozco por la colección, pero la gente entra y rebusca las que quiera en particular”, se ríe.
Una de sus antiguas y más fieles clientas, doña Beatriz Olivares, estará encantada de saber que el local sigue ahí, abierto a nuevos y viejos lectores.
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Publicado en Ventana
Listín Diario, el 2 de enero de 2010
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20/12/09
Daniel, el librero de El Conde
Yaniris López
Santo Domingo
La cabeza gira varias veces de repente cuando, caminando por la calle El Conde, los ojos se topan con ese libro que ha hecho a más de uno recorrer, sin éxito, decenas de librerías en la ciudad.
El cuerpo se devuelve buscando quién los tiene en venta y aparece la cara morena y casi inexpresiva de Daniel. Los libros están apilados frente a una tienda de la calle peatonal.
Para alegría del comprador, Daniel no sólo tiene ese libro, sino todos los libros que alguien pueda imaginar y todas las temáticas y expresiones literarias que han merecido una impresión. Todas. Desde fonética hasta gastronomía. Desde una revista hasta un almanaque. Desde “El reino del Caimito”, del Nobel Derek Walcott, hasta una edición viejísima en alemán de La Cotica, la guía nacional de turismo.
Si el libro no está en el montoncito de la calle, Daniel desaparece unos minutos y aparece con el ejemplar en la mano. Es que su librería está al frente, en el primer piso del edificio Saviñón, en la Zona Colonial. Y en el mismo edificio, en un lugar que el cliente no puede ver, está el almacén donde guarda su gigante colección.
La inauguró hace más de 20 años en el mismo lugar – al lado de las escaleras-, con un par de libros que decidió poner a la venta. No es que a él le fascine tanto la lectura, pero sí le gustan los libros. El negocio creció tanto que internarse en el largo callejón de menos de dos metros de ancho es una experiencia onírica para investigadores y amantes de la lectura: apiñados en las paredes y en el cristal del callejón, cientos de libros acostados o parados, pero de manera que puedan leerse las letras del lomo, abarrotan el lugar del techo al suelo, de norte a sur, dejando apenas un estrecho pasillo para que alguien pase. Sólo una persona, no dos.
Un mar de colores
Son tantos libros que más de uno se pregunta cómo los encuentra, cómo es que camina, se para, levanta la mano y ubica el ejemplar. “Hay que ser como una computadora”, responde Daniel, en clara alusión a que tiene grabados los títulos, las casas editoriales, la temática y hasta los colores de sus libros.
Si encontrar alguno le da mucha brega, Daniel envía al cliente a dar un paseo por La Zona y le dice que vuelva en quince minutos. O al otro día. Todo depende. Casi siempre lo encuentra. Los más solicitados son los libros antiguos y los de historia. Políticos, investigadores y toda clase de intelectuales dominicanos suelen recurrir a Daniel en busca de reliquias escritas, tratados o antologías.
“He tenido libros con fecha de 1600”, dice Daniel como si nada.
No habla mucho, pero es tal la complicidad que se da entre él y sus fieles seguidores que muchos de sus libros andan rodando por ahí, prestados y fiados. Y si a alguien se le ocurre decir que están “un poco caros”, Daniel le responde que se fije bien en el libro. Le insinúa que no se trata de cualquier libro y que lo más probable es que dure mucho en conseguir otro parecido. Y tiene razón.
“Los que aparecen en cualquier librería los dejo bien baratos, pero hay otros que no se encuentran ya fácilmente. No los puedo vender igual”.
Daniel no deja que se acumule el polvo ni el moho, aunque el olor a papel viejo es tan fuerte, a veces, que provoca tos.
Eso no impide, sin embargo, que los clientes se sumerjan en ese mar largo y estrecho de hojas y lomos de todos los colores en busca de un libro. El los deja. Están en casa. Una casa pequeñita que guarda siglos de conocimiento, tinta, olores y papel.
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Publicado en Lecturas de Domingo
Listín Diario, 20/4/2008
20/8/09
Orlando Muñoz: «Nos debe tantas promesas este mundo»
En "Santo Domingo, año cero y en curso…", su segundo poemario, el poeta, ensayista y profesor describe las miserias del país y propone inventar otra nación
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Yaniris López
La Generación/LD
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¿Puede la poesía ser desgarradora y exquisita a la vez? ¿Cruel y esperanzadora al mismo tiempo? ¿Es posible desnudar con palabras el lado más oscuro de una ciudad, de una república, que según la historia debió gozar de mejor suerte, y hacerlo con gracia, ritmo y formas perfectos? El joven autor dominicano Orlando Muñoz lo ha conseguido en Santo Domingo, año cero y en curso… (Ángeles de Fierro, 2009), su segundo libro de poesía.
En 20 poemas en los que caben todas las sensaciones, todas las formas expresivas (incluidos versos de ensueño, gritos y maldiciones), Muñoz pasa de la rabia infinita que le provoca observar el estado “cero permanente” en que está sumida Santo Domingo a proponer una nueva nación que saque de la inercia a los dominicanos y los obligue a plantarse, a abrazarse, a jugarse la esperanza. LISTÍN DIARIO conversó con él.
Pintas un Santo Domingo espantoso que agoniza en sus miserias. Incluso te atreves a echarle en cara a la ciudad muchas situaciones. ¿Qué te provocó tanto pique que decidiste convertir en arte temas cotidianos que distan mucho de inspirar poesía?
En verdad me parece que, en este caso, la realidad supera al arte. A mi entender, apenas he representado una muestra de las desmesuras a que se expone la condición humana en nuestra isla y en nuestra ciudad. De hecho, una simple lectura de la prensa dominicana un día cualquiera resulta ser, con frecuencia, una experiencia más desgarradora para el espíritu que lo que sugieren mis versos. El caso es que nada hay que deba ser ajeno a la poesía, que procede de la vida y vuelve a ella, inexorablemente. Predomina lo espantoso, es verdad, pero le opongo la esperanza, la justicia, el amor…
“He aquí la tierra reiteradamente violentada. He aquí la república en su año cero permanente”. ¿Qué es estar en un año cero permanente?
Es estar a punto de ser algo y no lograrlo. Pero el cero es ambiguo: expresa al mismo tiempo vaciedad, nulidad, insignificancia y, curiosamente, representa también el punto de origen en una escala. La nada y la posibilidad de alguna cosa, sin que una se imponga a la otra… pero el tiempo pasa y no definimos ningún rumbo.
Recurres a otros poemas, a otros poetas, a personajes de la historia dominicana como si les pidieras redención…
Sí, se trata de un diálogo con nuestro ser en el tiempo. Con los hombres y las mujeres que han cuestionado y tratado de definir nuestra identidad; con nuestros patriotas y nuestros poetas, cuyos ideales han sido traicionados de mil maneras desde 1844 hasta la fecha. Reivindicar esos ideales es el primer paso necesario hacia la redención posible de nuestra sociedad, decepcionada hasta la saciedad por la avaricia y la corrupción.
En ocasiones explotas junto con las letras. Es un poco impactante, porque una no puede evitar ir subiendo el tono contigo, agitarse, atormentarse y luego maldecir y explotar contigo, hasta que llega la calma. ¿Estamos asistiendo a una nueva poesía, a una poesía con movimiento, dura, más realista, menos idílica? ¿O es la misma de siempre con letras nuevas?
Así nos sentimos a veces, como materia repugnante, como el insecto kafkiano, en una sociedad que te cierra con frecuencia tantas puertas. No estoy seguro de que se trate de una nueva poesía, digamos que es mi manera personal de leer y escribir el mundo que nos rodea y nos provoca. Y como el mundo que habitamos dejó de ser idílico hace siglos, la auténtica poesía también.
Nada parece escapar a tu rabia: ni los políticos, ni los golpes de barriga, ni los golpes de vagina, ni los “diarios que aturden a la gente y luego engrosan enormes vertederos”...
Podríamos decir que todos ellos contribuyen de cierta manera a desdibujar el mundo que habitamos. Expresan sus miserias, su desequilibrio, el grado cero de lo social: lo antisocial por excelencia. Pero si te fijas bien, no todo es negativo; hay atisbos de otro tipo de realidad en mi libro: “Un sí biológico y fraterno se impone / la voluntad del niño / contra la muerte…”.
De hecho, el amor, en tanto experiencia creadora fundamental, es el fantasma que se busca, se cuela y se propone desde el principio y hasta el final del libro…
¿Desahogo personal? ¿Una llamada de alerta? ¿Para quién escribes?
Escribo para mí y escribo para los demás. Puesto que la escritura es acto social, desde el cual uno mismo dialoga con el otro, con el prójimo y con el extraño. Con esa otredad tan diversa que trasciende tiempo y espacio. En fin, a través de mis poemas dialogo con los hombres y las mujeres que me precedieron, que me rodean y que me sucederán.
Ellos dijeron su palabra, la dicen y la dirán; y al entrar en relación dialéctica con ellos, yo digo la mía. Y la digo por necesidad, por urgencia, por amistad con la vida, por combatir el silencio, que suele ser amigo de la muerte…
Dices: “Nos debe tantas promesas este mundo”. ¿Cuáles? ¿Qué tipo de promesas? ¿Esperas verlas cumplidas algún día?
En el ejercicio de la política y la religión, por sólo mencionar dos de las actividades de mayor incidencia en la vida de las personas, se nos ha prometido tantas cosas: paraísos, progreso, amor, justicia, pan, techo, libertad, armonía, trabajo, respeto, paz, democracia, verdad… y sin embargo, se ha mentido tanto, se ha manipulado y estafado tanto, que pareciera que todo esto es imposible, que no es más que pura utopía, algo sin lugar en la realidad.
Pero procurarlas da sentido a la existencia. Lo que esperamos es que podamos vivir en un mundo más equilibrado, más equitativo, con menos incoherencias entre las palabras y los hechos. Yo no sé si un día podremos ver cumplidas todas las promesas, pero creo que tenemos derecho a procurar hacer realidad nuestros ideales de justicia y a exigir que no nos mientan tan descaradamente como lo hacen día a día…
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Poeta, ensayista y profesor
Orlando Muñoz nació en Laguna Salada, provincia Valverde. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y posee una maestría en Gerencia Educativa por la Universidad Iberoamericana. Es profesor de Lengua Española en el Colegio Jaime Molina Mota y en la UASD.
Ha publicado dos libros de poemas: “Entre pétalo y espina” (2007) y “Santo Domingo, año cero y en curso…” (2009) y un libro de enseñanza de la lengua, así como poemas y ensayos en once números de la revista del Círculo Literario El Aleph y en tres publicaciones del Taller Literario César Vallejo. Actualmente tiene en proceso de edición otro libro de poemas y a punto de terminar otro libro de carácter académico.
Aunque hasta el momento se ha decidido por la poesía, la canción, la didáctica y el ensayo, “para el futuro, si las musas me acompañan, también podría dar a conocer teatro y narrativa”, dice Orlando.
Lee sus poemas en su bitácora peregrinario.blogspot.com.
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14/9/08
Que Dios te dé un buen hombre
Tras un favor pequeñito, pequeñito pero grande para él, sonrió sinceramente y dijo: “Gracias, mi hija, que Dios te dé un buen hombre”. Y Yalo repitió y pensó: un buen hombre. No un carro, ni una mansión en La Romana, ni una cena con Johnny Depp, ni una semana en el pico Duarte, ni una tarde de nada en la Zona Colonial, ni una biblioteca CON cien mil ejemplares, ni un hijo responsable, ni un invernadero, ni una finca de framboyanes... Sólo un buen hombre. Un buen hombre. ¿Será que es muy difícil de conseguir?
31/8/07
Encontré un tesoro en la librería Luna
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-¡Lunaaaaaaaaaa!, ¿dónde encontraste ésto?
Mis ojos no lo podían creer. Tengo todos los años del mundo comprando libros en la Librería Luna, en la Zona Colonial, y no fue hasta ayer cuando mis ojos se detuvieron en el primer estante de la derecha que atraviesa la librería del siempre gentil y dispuesto Luis Luna. Allí, parados verticalmente desde hacía muchos años, como pude apreciar, estaba la colección completa de la serie "Misterios" de la escritora inglesa Enid Blyton. Sí, la misma que aparece entre Memín y Kalimán en el banner de arriba, la culpable de que estudiara esta mojiganga de carrera, la que aprecio mucho de a ratos.
-Pues... eh... hace tiempo -dice Luna.
-Mierrrdaaaa. ¿Y en cuánto me la dejas? -pregunto yo.
-¿Cuántos libros? -responde Luna.
Yo lo miro. El no entendía. Los quería todos. Todos. Los 20 libros. Dieciocho de "Misterios" y otros dos de la serie "Aventuras". Si había repetido hasta el cansancio cada libro del Club de los Cinco y el Club de los Siete Secretos, ¿cómo iba a conformarme con dos o tres de la serie que me faltaba? En cuanto a imaginación se refiere, a esa tipa sólo se le puede poner al lado -y no muy junto- otra inglesa: J.K. Rowling. El niño o adolescente que lee uno de sus libros siempre será un lector empedernido, siempre amará la lectura. Salvo la inspiración periodística, tengo mucho que agradecerle a esta señora, mucho.
Los compré. Y luego le comenté a Yulendys, otra ratona de biblioteca, pero más loca que yo:
-Creo que él piensa que acaba de quitarse un gran peso de encima.
Luna no se daba cuenta de que la que había encontrado un tesoro era yo...
-¡Lunaaaaaaaaaa!, ¿dónde encontraste ésto?
Mis ojos no lo podían creer. Tengo todos los años del mundo comprando libros en la Librería Luna, en la Zona Colonial, y no fue hasta ayer cuando mis ojos se detuvieron en el primer estante de la derecha que atraviesa la librería del siempre gentil y dispuesto Luis Luna. Allí, parados verticalmente desde hacía muchos años, como pude apreciar, estaba la colección completa de la serie "Misterios" de la escritora inglesa Enid Blyton. Sí, la misma que aparece entre Memín y Kalimán en el banner de arriba, la culpable de que estudiara esta mojiganga de carrera, la que aprecio mucho de a ratos.
-Pues... eh... hace tiempo -dice Luna.
-Mierrrdaaaa. ¿Y en cuánto me la dejas? -pregunto yo.
-¿Cuántos libros? -responde Luna.
Yo lo miro. El no entendía. Los quería todos. Todos. Los 20 libros. Dieciocho de "Misterios" y otros dos de la serie "Aventuras". Si había repetido hasta el cansancio cada libro del Club de los Cinco y el Club de los Siete Secretos, ¿cómo iba a conformarme con dos o tres de la serie que me faltaba? En cuanto a imaginación se refiere, a esa tipa sólo se le puede poner al lado -y no muy junto- otra inglesa: J.K. Rowling. El niño o adolescente que lee uno de sus libros siempre será un lector empedernido, siempre amará la lectura. Salvo la inspiración periodística, tengo mucho que agradecerle a esta señora, mucho.
Los compré. Y luego le comenté a Yulendys, otra ratona de biblioteca, pero más loca que yo:
-Creo que él piensa que acaba de quitarse un gran peso de encima.
Luna no se daba cuenta de que la que había encontrado un tesoro era yo...
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