26/9/10

Hernán Rivera Letelier: “Amueblé mi casa con premios de poesía”

"Mi cristo va a ser un cristo humano, se va a reír incluso de sí mismo, va a tener contradicciones”

Yaniris López
yaniris.lopez@listindiario.com
Santo Domingo

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Que disculpe el atrevimiento Hernán Rivera Letelier, pero la historia de su vida en las salitreras del desierto de Atacama, al norte de Chile, y sus odiseas literarias, resultan más interesantes que la mismísima historia del Cristo de Elqui, el personaje principal de “El arte de la resurrección”, la novela que le mereciera el Premio Alfaguara de Novela 2010. Sin embargo, ‘cristo’ y autor tienen tanto en común que, al hablar uno, el otro asoma.
Las relaciones comienzan en la primera página, cuando el autor insinúa que una plaza salitrera del desierto de Atacama es el lugar menos aparente para un milagro, como los muchos que intentara realizar, sin éxito, Domingo Zárate Vega. Y comienza el alud de preguntas con sus respuestas.
“Porque es el desierto más inhóspito del planeta, el más duro. Allí hay partes donde no ha llovido hace 600 años, y donde están las minas de salitre, donde trabajé durante 30 años y viví 45, es la parte más cruel, la más dura. Allí no crece ni la mala yerba. No se ve ningún insecto, ni siquiera moscas”, responde Hernán, como prefiere que lo llamen.
En lo que sí es rico el desierto es en silencio, dice, un silencio puro que no se quita con nada. “¿Has oído alguna vez el silbido de un cable eléctrico de alta tensión? Bueno, es un silencio tan fuerte que zumba y lo sientes”.
Siendo un niño extraño, silencioso, que prefería oír más que hablar, se iba solo a escuchar “esos silencios, a conversar conmigo, a estar conmigo y a sentir la soledad. Me encantaba irme solo a los cerros y pisar esa parte donde yo me imaginaba que ningún otro ser humano había pisado. Me imaginaba en un planeta abandonado, en un planeta recién cocinándose, recién creándose”.

Ese silencio lo persigue y él lo adora. Nació en Talca, al sur de Chile, en 1950, pero como sus padres trabajaban en las salitreras del desierto de Atacama, allí se crió y vivió, en casitas de latas y palos y piso de tierra, haciendo las necesidades a ras de pampa y escuchando las historias del Cristo de Elqui, un señor que se creía la reencarnación de Jesucristo.
Trabajó desde niño. Vendió diarios en el puerto de Antofagasta desde los 11, a los 15 entró a las salitreras y a los 18 le ocurrió algo que, 42 años después, es el motivo de que esté aquí, en el piso 14 de un hotel de Santo Domingo, ofreciendo entrevistas a los medios. Lo hace -lo de las entrevistas- porque no tiene más remedio y no quiere parecer soberbio, pero como “necesito todos los días una dosis de silencio y de soledad”, lo único que le pidió a la casa editora es que le permitieran dos o tres horitas de paz, sobre todo después del almuerzo, para encerrarse a escribir, a leer o pensar. Para escuchar sus silencios.

El primer premio

¿Qué ocurrió en 1968? “En ese tiempo no había tele y las noticias las veíamos en el cine antes de la película, y un día dan la noticia de que en el mundo se estaba produciendo una revolución juvenil increíble, el movimiento hippie, la revolución de las flores; se veían escenas de jóvenes abandonando hogares, escuelas, con una mochila al hombro, una guitarra, fumando como locos, haciendo el amor libres en las calles, en los parques, y yo me lo estaba perdiendo. Me dije: eso no puede ser. Puse la renuncia en la empresa, me fabrico una mochila de lona y me fui a hacer la revolución, y en estas andazas de cuatro y cinco años empiezo a escribir”.
El empujón fue un concurso de poesía patrocinado por una emisora radial. El premio, una cena. Hernán lo ganó. Del poema solo recuerda que era de amor porque estaba inspirado en una morena que dejó en el desierto.
Y asegura que hasta ese momento no había escrito nada, excepto una composición dedicada a las fiestas patrias cuando tenía 10 años. Redactarla le tomó entre cinco y diez minutos, mientras el profesor revisaba las demás, porque había olvidado hacerla por jugar a las pelotas. La composición fue la mejor del curso, la mejor de la escuela, “y tuve que leerla en el acto”.

En septiembre de 1973 (año del golpe de Estado en Chile) se acabaron las andazas y Hernán regresó a trabajar a las minas. Pero ya no pudo dejar de escribir y en los siguientes 15 años ganó 26 premios de poesía. “Yo amueblaba mi casa con premios de poesía”, recuerda, “lo que se ganaba en las minas era una porquería”.
Siguió escribiendo de incógnito y enviando a concursos, hasta que su primera novela, “La reina Isabel cantaba rancheras”, fue premiada por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura en 1994. “Eso me puso la vida patas arriba. Antes de “La reina Isabel cantaba rancheras” me autofinancié un librito de poesía y un librito de cuentos, los vendía por las calles, y cuando premian el libro se me acercan cinco editoriales que quieren publicar la novela”.
Con el éxito tocando a su puerta, Hernán abandonó las minas en 1995, pero se quedó en el desierto. Se instaló (hasta hoy) cerquita, en el puerto de Antofagasta.
Sabía, de pequeño, por intuición, que aquello de las salitreras no era lo suyo, que lo suyo estaba relacionado con el arte.

Y llegó el Alfaguara

Hernán confiesa que envió a concurso “El arte de la resurrección” porque sintió que era su novela, que flotaba, casi levitaba escribiéndola, y que el tono, el lenguaje, la historia le decían que merecía cualquier premio.
Como aquel primer poema, como aquella primera novela, atinó. En esta obra, el lector disfrutará al conocer a un Cristo que es lo menos parecido a un santo. El humor, la ironía y los absurdos lo salpican.
“Leí los evangelios desde niño y no sé cuántas veces, y me sentía en falta: en ningún versículo bíblico vi que Cristo riera, o sonriera siquiera. Me dije no, mi cristo va a ser un cristo humano, se va a reír incluso de sí mismo, va a tener contradicciones, va a tener errores, incluso va a fallar en sus milagros”.
Del ‘cristo’ real, del personaje que existió y arengó en los años 30 y 40 en el mismo desierto, se sabe poco.
“Me inspiré en él para crear mi propio personaje, pero tuve que echar mano a la imaginación, a la ficción y a la memoria. Este ‘cristo’ tiene mucho de mi viejo, que era un predicador de la calle, y tiene mucho de mí también. Muchos de sus pensamientos, por ejemplo eso de que mucho más importante que el ‘dios’ es la fe, son míos”, explica el autor.

Una última página no prevista por el autor

El Cristo del Elqui llega hasta la oficina salitrera de Providencia en busca de Magalena, una prostituta devota de la virgen del Carmen a la que desea convertir en su amante y discípula. Si Magalena (sin d) acepta o no la invitación del Cristo del Elqui que lo descubra el lector, pero le adelantamos que el final de la historia no estaba previsto, de modo alguno, por el autor.
Todo por culpa de una gallina muerta. “La novela empieza con una resurrección falsa y termina con una resurrección que no se sabe si es falsa o verdadera y de la que hasta el mismo Cristo del Elqui duda”, explica Hernán. De eso, de contradicciones, de cosas y paisajes que parecen una cosa y resultan ser otras está lleno El arte de la resurrección.
Como le insinuamos que su historia personal es más interesante que la del libro y que a lo mejor merezca ser contada, Hernán respondió: “Ya lo estoy haciendo, porque en cada una de mis novelas hay parte de mi biografía. Muchos de los pensamientos del Cristo del Elqui son míos. Mucho de lo que yo creo de la fe, de la religión, de la vida, se lo puse a él”.

6/5/10

Andrés Neuman sobre la vida y los viajes

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La vida es un viaje hacia la muerte. Si lo importante fuera la llegada sería mejor pegarse un tiro. Vivir es esperar la muerte y si la vida es espera y no queremos llegar al destino, todavía me pregunto por qué viajamos con la desesperación de llegar.

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Fragmento de la entrevista
realizada por Manuel de la Fuente
para ABC.es

26/4/10

"Yo leí este libro" recorrió avenidas de la capital

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El grupo distribuyó 24 obras literarias por la Lincoln, Churchill y Roberto Pastoriza 
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La Sombra del Viento, de Carlos Ruiz Zafón, inauguró la primera jornada de “Yo leí este libro República Dominicana”, el pasado fin de semana.
La obra fue dejada al pie de las escaleras automáticas de la Plaza Bolera, con la esperanza de que un ciudadano la encuentre, la lea y deje por otro sendero para continuar la cadena de lectura. A las cuatro y media del sábado se emprendió el recorrido por las avenidas Abraham Lincoln, Roberto Pastoriza, Winston Churchill y sus calles perpendiculares.
 En total se distribuyeron 24 libros de Johann Wolfgang von Goethe, Ramón Emilio Moreno, Diógenes Céspedes, Juan Bosch, Vicente Pardú, Dulce Chacón, Miguel de Cervantes, Gabriel García Márquez, Pedro Mir, Avelino Stanley, Baltazar Gracián, Ángela Hernández y Marcio Veloz Maggiolo, entre otros. Las vías de la jornada -de las más transitadas de la capital- acogen centros comerciales, supermercados, bares, restaurantes y tiendas de ropas y accesorios.
No se escatimó imaginación, así que los libros llegaron hasta los cajeros automáticos de la zona. Este movimiento que surgió en Argentina, lo empezaron en República Dominicana Yulendys Jorge, periodista; Álbida Segura, abogada y Leidi Jorge, diseñadora de interiores.
 Las promotoras explican que la actividad es libre y que cualquier persona puede realizar jornadas similares, solo tienen que visitar el blog yoleiestelibrorepublicadominicana.blogspot.com para descargar las reglas y poder pegarlas a los libros que distribuyan. A las personas que se animen, les invitan a enviar sus imágenes para compartir sus experiencias en el blog del movimiento que tiene un formato unificado con los países que ya se han hecho eco, como España, Italia, Venezuela, México, Costa Rica y Colombia.
 Las promotoras de la actividad en República Dominicana han formado un Club de Lectura, cuyos participantes se reunirán cada mes para analizar, discutir y disfrutar de las obras previamente seleccionadas. Los detalles serán anunciados en el blog.

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Nota de “Yo leí este libro”

27/3/10

Para leer en forma interrogativa (Julio Cortázar)

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Has visto,
verdaderamente has visto
la nieve, los astros, los pasos afelpados de la brisa...
Has tocado,
de verdad has tocado
el plato, el pan, la cara de esa mujer que tanto amas...
Has vivido
como un golpe en la frente,
el instante, el jadeo, la caída, la fuga...
Has sabido
con cada poro de la piel, sabido
que tus ojos, tus manos, tu sexo, tu blando corazón,
había que tirarlos
había que llorarlos
había que inventarlos otra vez.