7/8/11

¿Y si no quiero?

“La vida es un problema de manejo. Hay que aprender a manejar las emociones, los sentimientos y frustraciones. Hay que aprender a manejar los talentos, los conocimientos. Hay que aprender a manejar el tiempo, la salud. Es lo único que hay.”
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Esto dice Lucas Lafleur, sacerdote canadiense afincado en República Dominicana.
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Remanentes de una entrevista.

4/8/11

Salve, Halfon

No creo en Dios, le dije despertándola de su trance, pero sí hablo con él todos los días. (El boxeador polaco, Pre-textos, 2008)

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Mayo, 2011. Desplegados en la mesa, cientos de libros te desafían a que los tomes y te atrevas a leerlos. Algo así como los sueños de Galeano. Son tantos que cuesta decidirse. Entonces alguien con tremendo gusto literario te recomienda algunos, entre ellos un libro en cuya portada sobresale un único color y que, a juzgar por el dibujo de la tapa, debe tratar sobre un joven boxeador con cara de bobo.
A menos que ya conozcas al escritor, si no fuera porque el gusto literario del alguien que te recomienda el libro está más que probado es posible que no lo hubieras tomado. Perdón, es posible que yo no lo hubiese tomado.
No me gusta el boxeo, pienso. Pero venga. Que los festivales son para gastarse el dinero en libros, así no los leas nunca. Sólo un tarúpido juzgaría un libro por la tapa, aunque…
En fin, en este caso, otro más que abonará la pila de los 70 que esperan, en los rincones de mi cuarto, ser hojeados.
Dicen que el autor anda por ahí. Espero no topármelo, no conocerlo, no ver su cara ni que me firme el libro. En mi repertorio de teorías personales, el lector sólo debería pedirle al autor que le firme un libro después de leerlo. Y si le gustó el libro, claro.
Anda, que no se pudo no conocerlo. Para colmo, es superchévere, el tipo. Por estar de simpática, ahora tendré que leerlo. Porque el autor ya sabe que lo tengo y para no ser indeseable con el anfitrión.
Más tarde echo una miradita a la primera página. No. No quiero que me guste. No quiero leer 104 páginas acerca de un boxeador polaco de ojos verdes. Detente, vista, no sigas.
Nada. Que si leíste las 19 líneas del primer párrafo no habrá forma de que pares. El guatemalteco Eduardo Halfon se las ingenió para que una no pueda leerlo entre líneas. No este libro. Si lo haces, tienes que devolverte a ver qué te perdiste, no porque Halfon haya incluido palabras domingueras ininteligibles para los lectores… como yo. Que no lo hace.
Es otra cosa. Es el temor a volarte sus frases dibujadas, sus diálogos hechos de espuma (livianísimos, como si flotaran), sus insinuaciones...
Halfon escribe como quien no quiere la cosa. Los críticos, que a todo le ponen etiquetas, le llaman fluidez.
A mí se me antoja que escribe como seguramente dibujaba sus caballos Sachá Tebó, con dos o tres sutiles trazos que, sin embargo, te sugieren si el animal está volando, comiendo o echado.
Y Halfon (como esa mirada del maestro que se te queda mirando mientras explicas la clase) sugiere tantas cosas…
El boxeador polaco es apenas el personaje a descubrir, el hilo conductor de los cuentos o capítulos (depende cómo quiera verlo el lector) tan dulce y exquisitamente trabajados que una se pregunta por qué diañe no lo habíamos descubierto antes (al autor), o cómo diañe es que un ingeniero industrial puede escribir así, tan fácil, como si no le costara nada.…
Porque, ¿qué tienen de especial el aula de una universidad donde se enseña literatura, un joven que escribe poesía, un pianista enajenado con la música que toca, un número grabado en el brazo, un campo se concentración, el tema para una conferencia que no sale, Mark Twain, un boxeador polaco, la realidad, la literatura en sí?
Qué sabe una. Poca cosa, puestos así. Es Halfon el que los ve de otro modo, el que los muestra de otro modo. Y el único culpable de que una se sienta algo incómoda cuando las páginas se están acabando. ¿Por qué se tiene que acabar (el libro)?
Al llegar a las últimas palabras, y como para evitar el desprendimiento total con la obra, comienzan las interrogantes: ¿se incluyó el autor a propósito en las historias del libro de relatos? ¿O era una novela? ¿Fuma, en verdad? ¿De lo leído qué es verdad, qué es mentira? ¿Son así de enigmáticos, dulces, dibujados, sus otros libros?
Y cuando no queda más remedio que terminar la lectura y cerrar el libro llega, flotando, la espinita final: la misión voluntaria de tener que llevar a todos lados al Boxeador polaco, esperando algún día encontrar a su autor para pedirle, discreta, vergonzosamente, que tenga la bondad de firmarlo…

24/7/11

La poesía de hoy

El sinoficio del profesor llevó al aula una lista de más de 300 obras de poetas dominicanos. ¿Hay tantas, pensé? Uf. Mínimo, léanse 50, dijo. Todos los caminos conducían a un solo lugar de la Zona Colonial (legendario y entrado en años) y allí nos fuimos Yulen y yo, disciplinadas, locas por conocerlos, por leerlos. A los muertos y a los vivos, a los que escribieron sus poemas y a los que se los dictaron. El lugar olía a humedad y ellas, como siempre, se quedaron sentadas, respondieron sin reír el saludo y nos dejaron escudriñar los estantes hasta que decidimos, más que por pedir ayuda con los títulos, entablar conversación con tan reconocida figura del mundo editorial local. Ella se asombró de todos los títulos que debíamos buscar y nos advirtió que muchas de esas obras sólo se encontraban en bibliotecas viejas y que otras apenas las conocía.
Y díganos, preguntamos Yulen y yo, de indiscretas, ¿lee poesía, cuál es su poeta favorito?
–Ahora casi no leo –confesó.
Y agregó con una mueca:
–No me gustan los poemas de ahora. Ni siquiera riman…

13/7/11

Un cuento para 'odiar' a su autor

Mira que hay cuentos hijosdelagranputa, pero este del grecoirlandés Lafcadio Hearn dice quítate. Se llama El secreto de la muerta. Lo resumo. La chica muere, queda en el limbo y se aparece en su cuarto con el deseo de llevarse “algo” que se le quedó. Por más que desmantelan la habitación, nadie da con la “cosa” que la mortifica y que le impide descansar en paz. Al igual que la familia de la muerta, el lector comienza a desesperarse a medida que avanza el cuento. Entonces llega el sumo sacerdote del pueblo, habla con ella, le dice que la ayudará y le pregunta si olvidó “algo” en la estancia. Ella asiente, él lo busca y lo encuentra: era una carta.
—Esta misma mañana será quemada en el templo —prometió el sacerdote—, y nadie la leerá salvo yo.
Y eso ocurrió exactamente. La muerta no volvió. Y el sacerdote, como buen sacerdote, guardó su secreto…

4/7/11

Regrésamelo

Acércate.
El fondo,
¿logras verlo?
Oscuro.
Frío.
Agrietado.
Con las huellas
de tus manos
en las paredes de carne.
Con tu firma
en la sangre.
Es el hueco que
ha quedado
en el lugar
donde
una vez
estuvo
un corazón.